"Debo aquí abrir un breve paréntesis -dentro del paréntesis largo que sea tal vez este ejercicio de literatura a mano que tan cautelosamente he emprendido- para explicar que no he devenido escritor por vocación, sino por complejas razones socio-político-económico-psiquicas. En este preciso instante, por ejemplo, más que estar escribiendo quisiera estar, por ejemplo, ideando un juego para computadoras, filmando una película, tocando algo de Bach en el órgano de una catedral antigua (europea) o simplemente sembrando mi semilla en una serie de vientres femeninos, puestos en hilera uno junto a otro hasta donde alcance la vista. Mi relación con la literatura es lo que puedo, apenas, permitirme; lo que, en realidad, los demás me han -hasta cierto punto- permitido. Para decirlo con palabras más duras y más exactas, escribir es más barato y menos peligroso, o más cómodo para mi. Soy perezoso y cobarde, además de pobre; debo pues resignarme a escribir,y, todavía, dar gracias por ello."
alpedornauta-2doTiempo
Esta es la segunda edición del blog Alpedornauta, que supe tener hasta hace un par de años. El anterior no interesó; éste va a interesar aun menos. Lo escribo fundamentalmente para mi mismo, de modo que mucho no me importa. Mi vida no es interesante pero yo creo que sí lo son algunas de las cosas que leo. Sobre ellas voy a hablar acá.
domingo, 18 de agosto de 2013
domingo, 28 de julio de 2013
El papa Francisco
Profesaba, por supuesto, la fe católica, lo cual no significa que
creyera en un Dios que es Uno y es Tres, ni siquiera en la
inmortalidad de las almas. Murmuraba oraciones que no entendía,
las manos movían el rosario. En lugar de la Pascua y del Día de Reyes
había aceptado la Navidad, así como el té en vez del mate.
(Jorge Luis Borges - La señora mayor)
Ahora que los medios (al menos en nuestro país) están unánimemente fascinados por el papa Francisco, tal vez sea un buen momento para reflexionar un poco sobre lo que significan la Iglesia Católica y el Papado. Digo esto porque los medios se han focalizado, como es natural, en aquellos aspectos de la actividad del nuevo papa que son más comprensibles para la mayor parte de la gente, y que apelan más a sus emociones. No es un aspecto menor; se trata nada menos que del rol pastoral del papa y es sumamente importante, pero es sólo una parte de algo bastante mayor.
El papa es la cabeza de una Iglesia que tiene un sistema muy definido de creencias -dogmas- y de leyes -cánones- que, según muchos teólogos, están en crisis desde hace tiempo por su inadecuación con la cosmovisión del mundo contemporáneo. Preveo la indignación con la que muchos creyentes leerían probablemente estas líneas. "Si los dogmas y cánones de la Iglesia no se adaptan al mundo moderno, tanto peor para el mundo moderno" dirían. "Esto sólo significa que el mundo moderno se ha apartado de la verdad". Yo creo -y muchos teólogos también creen- que esto es un error. Aun suponiendo que la Iglesia esté siempre en la verdad (que es precisamente algo de lo que debe ser revisado), la expresión de esa verdad debe adecuarse a la sensibilidad de los tiempos y reformularse de acuerdo con la evolución del aparato conceptual que manejan los filósofos y científicos de cada tiempo.
Por poner un ejemplo: los dogmas sobre Cristo (dogmas fundamentales si los hay) están expresados mediante los conceptos neoplatónicos de persona, naturaleza y substancia (Jesucristo es una persona pero tiene dos naturalezas: una humana, otra divina. Es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo). Los concilios que definieron esos dogmas usaron la filosofía vigente en su época para responder una cuestión central de la fe: ¿quien fue Jesús, llamado el Cristo? Pero nadie puede alegar que esa filosofía es indispensable para responder dicha pregunta. Hoy en día la ciencia y la filosofía contemporáneas conciben al mundo y, dentro de él, a las personas, de otras maneras. Un desafío para la Iglesia es volver a presentar los dogmas cristológicos de una forma que, sin contradecir la doctrina de los concilios, la haga comprensible y aceptable para los hombres cultos de hoy. Lo mismo ocurre con otros dogmas: la Trinidad, el pecado original, la resurrección de la carne, la infalibilidad papal, por mencionar sólo unos pocos.
Respecto de los cánones, las cosas no están mucho mejor. La estructura de la Iglesia es feudal. No lo fue en sus orígenes, no tiene por qué serlo ahora. Hay muchas normas que no parecen tener razón de ser y cuya reforma es reclamada por muchos fieles: el celibato sacerdotal, por ejemplo, que no existe en ninguna otra iglesia cristiana (¡de hecho ni siquiera en la propia Iglesia Católica de rito oriental!); la prohibición de los métodos llamados "artificiales" para el control de la natalidad, prohibición que no tiene ni el más mínimo fundamento bíblico; la ordenación de mujeres para el sacerdocio y el episcopado. Otra vez, menciono sólo unos pocos ejemplos.
La Iglesia necesita una reforma profunda, dogmática y canónica, y esto va mucho más allá de un liderazgo carismático, que es bienvenido pero que claramente no alcanza. Después de dos papados muy conservadores, el papa Francisco tiene por delante el desafío de llevar adelante un cambio profundo de su Iglesia. El tiempo dirá si puede -y quiere- hacerlo.
viernes, 26 de julio de 2013
Historias de Gutiérrez
EL PELITO DE GUTIÉRREZ
El señor Gutiérrez era completamente calvo y lampiño, con una única excepción: un pelo que le crecía en el mentón, a manera de modestísima perilla.
Un día, estando solo en su casa, Gutiérrez no aguantó más y decidió arrancárselo. Tironeó y tironeó. Para su sorpresa, al rato tenía en su mano diez centímetros de un pelo cuyo otro extremo seguía firmemente plantado en su mentón.
Gutiérrez no era de los que se arredran así nomás ante la primera dificultad, oh no. Siguió tirando del pelito por horas.
Cuando su mujer volvió de la calle encontró en el medio del living la cabeza y un brazo de Gutiérrez, tirados en medio de lo que parecía ser un chinchulín larguísimo, sanguinolento y finito. Cuando volvió en sí llamó al Dr. Sardinius, médico de la familia. Sardinius exclamó:
"¡Oh, Gutiérrez era monofílar! ¡Maldición, no haberlo sabido antes! ¡Nunca volveré a tener otra oportunidad de estudiar a un monofilar de cerca! ¡Mi carrera es un fracaso! Ahora mismo dejo la profesión".
Sardinius cerró efectivamente su consultorio, dejó a su familia y nunca volvió a saberse de él.
La viuda de Gutiérrez puso una peluquería llamada precisamente "El pelito de Gutiérrez". Le va más o menos.
GUTIÉRREZ Y EL ÁNGEL
Cierto infausto día sucedió que a Gutiérrez se le presentó un ángel del Señor blandiendo una espada flamígera y le dijo:
-Gutiérrez, has hallado gracia a los ojos de Dios. Se te concederá por ello un deseo, el que tu quieras.
Gutiérrez era muy ateo y había discutido interminablemente en las reuniones familiares con sus cuñados que eran dos chupacirios. Y le pareció que estaba viejo para cambiar. Le dijo entonces al ángel:
-Quiero que hagas que Dios y todos sus ángeles (incluido tu) dejen de existir y que no hayan existido nunca. ¿Ta clarete? -Agregó con imperdonable plebeyez.
-Ta clarete -Respondió el ángel. Y tras un trueno casi imperceptible todos los coros de ángeles y el Señor mismo desaparecieron.
Las gentes sin embargo no se enteraron y siguieron rezándole a ese Dios que ya no volvería a estar. Aseguran algunos científicos que esas oraciones se acumulan sin destino en el éter y son las causantes del agujero de ozono. Pero esa vez Gutiérrez se salió con la suya.
LAS ANTIMEMORIAS DE GUTIÉRREZ
A poco de cumplir diez años, Gutiérrez cayó enfermo de unas extrañas fiebres cerebrales que le dieron vuelta por unos días la memoria, y él olvidó todo su pasado pero comenzó a recordar cosas futuras. Sólo que esos recuerdos se le afantasmaban un poco y Gutiérrez no sabía si estaba recordando cosas o sueños. La naturaleza de esas memorias parecía favorecer la segunda alternativa. Por ejemplo, recordaba a un hombre alto y luminoso que, espada en mano, le decía palabras incomprensibles. O también a sí mismo, tirado en el piso del living en medio de un charco de inmundicias, viendo desde allí como su esposa daba un grito de horror y se desmayaba al verlo. Este último recuerdo se le mezclaba además con el de una película de terror clase B que vería cuatro o cinco años más tarde, junto con una de la Coca Sarli en el cine Devoto.
GUTIÉRREZ Y EL DEMONIO
El padre de Gutiérrez era satanista. Había fundado una especie de iglesia satánica, que se reunía en el living de su casa el último sábado de cada mes. A Gutiérrez, que desde muy pequeño fue más ateo que una media, todo eso le parecía bastante penoso. Se daba cuenta de que su padre y sus amigos no tenían ni la más mínima noción de lo que era el Mal. También percibía que algunos de los feligreses sólo querían una excusa para tirarse de cuando en cuando una canita al aire y que esto les parecía el summum de la perversidad.
Una sola vez el padre intentó usar a Gutiérrez para un rito satánico. Sus libracos decían que, para invocar a Belial, debía sacrificar al chico. El pobre hombre decidió limitarse a unas cachetadas que hicieron llorar a Gutiérrez y le hicieron salir sangre de la nariz, cosa que el padre tomó por un buen signo. Entusiasmado se puso a recitar en un latín macarrónico su invocación satánica. Mientras lo hacía, la dentadura postiza le bailaba en la boca y las palabras antiguas silbaban. Hacía una figura tan ridícula que Gutiérrez pasó en pocos segundos del llanto a una risa incontenible. Tanto, tanto rió que terminó vomitando la cena. El padre creyó que esto indicaba a las claras que el chico había sido poseído por Belial y se fue a dormir muy satisfecho.
El señor Gutiérrez era completamente calvo y lampiño, con una única excepción: un pelo que le crecía en el mentón, a manera de modestísima perilla.
Un día, estando solo en su casa, Gutiérrez no aguantó más y decidió arrancárselo. Tironeó y tironeó. Para su sorpresa, al rato tenía en su mano diez centímetros de un pelo cuyo otro extremo seguía firmemente plantado en su mentón.
Gutiérrez no era de los que se arredran así nomás ante la primera dificultad, oh no. Siguió tirando del pelito por horas.
Cuando su mujer volvió de la calle encontró en el medio del living la cabeza y un brazo de Gutiérrez, tirados en medio de lo que parecía ser un chinchulín larguísimo, sanguinolento y finito. Cuando volvió en sí llamó al Dr. Sardinius, médico de la familia. Sardinius exclamó:
"¡Oh, Gutiérrez era monofílar! ¡Maldición, no haberlo sabido antes! ¡Nunca volveré a tener otra oportunidad de estudiar a un monofilar de cerca! ¡Mi carrera es un fracaso! Ahora mismo dejo la profesión".
Sardinius cerró efectivamente su consultorio, dejó a su familia y nunca volvió a saberse de él.
La viuda de Gutiérrez puso una peluquería llamada precisamente "El pelito de Gutiérrez". Le va más o menos.
GUTIÉRREZ Y EL ÁNGEL
Cierto infausto día sucedió que a Gutiérrez se le presentó un ángel del Señor blandiendo una espada flamígera y le dijo:
-Gutiérrez, has hallado gracia a los ojos de Dios. Se te concederá por ello un deseo, el que tu quieras.
Gutiérrez era muy ateo y había discutido interminablemente en las reuniones familiares con sus cuñados que eran dos chupacirios. Y le pareció que estaba viejo para cambiar. Le dijo entonces al ángel:
-Quiero que hagas que Dios y todos sus ángeles (incluido tu) dejen de existir y que no hayan existido nunca. ¿Ta clarete? -Agregó con imperdonable plebeyez.
-Ta clarete -Respondió el ángel. Y tras un trueno casi imperceptible todos los coros de ángeles y el Señor mismo desaparecieron.
Las gentes sin embargo no se enteraron y siguieron rezándole a ese Dios que ya no volvería a estar. Aseguran algunos científicos que esas oraciones se acumulan sin destino en el éter y son las causantes del agujero de ozono. Pero esa vez Gutiérrez se salió con la suya.
LAS ANTIMEMORIAS DE GUTIÉRREZ
A poco de cumplir diez años, Gutiérrez cayó enfermo de unas extrañas fiebres cerebrales que le dieron vuelta por unos días la memoria, y él olvidó todo su pasado pero comenzó a recordar cosas futuras. Sólo que esos recuerdos se le afantasmaban un poco y Gutiérrez no sabía si estaba recordando cosas o sueños. La naturaleza de esas memorias parecía favorecer la segunda alternativa. Por ejemplo, recordaba a un hombre alto y luminoso que, espada en mano, le decía palabras incomprensibles. O también a sí mismo, tirado en el piso del living en medio de un charco de inmundicias, viendo desde allí como su esposa daba un grito de horror y se desmayaba al verlo. Este último recuerdo se le mezclaba además con el de una película de terror clase B que vería cuatro o cinco años más tarde, junto con una de la Coca Sarli en el cine Devoto.
GUTIÉRREZ Y EL DEMONIO
El padre de Gutiérrez era satanista. Había fundado una especie de iglesia satánica, que se reunía en el living de su casa el último sábado de cada mes. A Gutiérrez, que desde muy pequeño fue más ateo que una media, todo eso le parecía bastante penoso. Se daba cuenta de que su padre y sus amigos no tenían ni la más mínima noción de lo que era el Mal. También percibía que algunos de los feligreses sólo querían una excusa para tirarse de cuando en cuando una canita al aire y que esto les parecía el summum de la perversidad.
Una sola vez el padre intentó usar a Gutiérrez para un rito satánico. Sus libracos decían que, para invocar a Belial, debía sacrificar al chico. El pobre hombre decidió limitarse a unas cachetadas que hicieron llorar a Gutiérrez y le hicieron salir sangre de la nariz, cosa que el padre tomó por un buen signo. Entusiasmado se puso a recitar en un latín macarrónico su invocación satánica. Mientras lo hacía, la dentadura postiza le bailaba en la boca y las palabras antiguas silbaban. Hacía una figura tan ridícula que Gutiérrez pasó en pocos segundos del llanto a una risa incontenible. Tanto, tanto rió que terminó vomitando la cena. El padre creyó que esto indicaba a las claras que el chico había sido poseído por Belial y se fue a dormir muy satisfecho.
viernes, 19 de julio de 2013
La murga uruguaya
Voy a escribir, no sin temor, sobre un tema que me es ajeno y que yo -mero porteño al fin- desconozco a fondo. Lo desconozco, pero a la vez lo amo profundamente. Me refiero a la murga uruguaya. Voy a hablar de ella sólo como género musical, aunque soy consciente de que la murga uruguaya es bastante más que eso. Es también actuación y danza, pero voy a limitarme al aspecto propiamente musical.
Lo primero que llama la atención en la murga uruguaya es que se trata (al menos hasta donde yo sé) de la única música popular que es polifónica es su esencia. Me explico: obviamente se pueden hacer, y se han hecho, versiones polifónicas por ejemplo de canciones folklóricas argentinas, o de tangos. Pero la murga uruguaya no puede cantarse si no es en coro, a varias voces. Para decirlo con mayor precisión, no tiene sentido cantarla de otra manera. Algo esencial se perdería.
Pero no es ese el aspecto en el que quiero centrar mi breve análisis sino en las letras y en la filosofía que ellas expresan. Algo que sorprende es que lo que más se suele recordar de las murgas son las retiradas. Nos puede servir como muestra una antología de murga uruguaya grabada por Falta y Resto: 100 años de murga. La antología consta de 12 canciones, de las cuales 10 son retiradas y sólo 2, saludos.
No creo que eso sea casual. En el Carnaval uruguayo flota todo el tiempo la conciencia permanente de que se trata de algo temporario, un paréntesis de color y de locura abierto en el gris de la vida cotidiana, que debe terminarse pronto, cuando llega la hora "de silenciar la sonora / carcajada que a los labios / sube límpida de agravios/ y hasta los ojos aflora", como canta La Nueva Milonga. La idea de la muerte, de la finitud, está paradójicamente siempre presente en medio del jolgorio. Una de las más bellas canciones sobre el Carnaval, Adios juventud de Jaime Roos, dice: "Adios Carnaval, espero / recorrerte otra vez". Y una despedida de Los Saltimbanquis recuerda "Cuantos murguistas se fueron y ya nunca volverán" y que "Unos se van, otros vienen y prosigue el carnaval", para terminar diciendo "Porque así es la vida / y en la vida hay un final". Los ejemplos podrían mutliplicarse indefinidamente.
La palabra farsa se utiliza frecuentemente para referirse al Carnaval, lo cual acentúa su aspecto de contracara de la realidad. Pero -y acá la cosa se pone más compleja y fascinante- esa farsa puede ser a veces más real que la realidad misma. "En invierno, cuando vuelve a ser gris Uruguay / los murguistas de rostro lavado, tranquilamente / van por ahi disfrazados de gente, desocupados" canta La Gran Siete. El atuendo de la gris vida cotidiana, según esta murga, es el verdadero disfraz y la farsa, por contraposición, revela la realidad más profunda. Pero en esta realidad profunda los murguistas se convierten en arquetipos eternos, en los personajes de la Commedia dell'arte italiana. No hay murga que no tenga su Pierrot, no hay murga que no le cante a Colombina. En otra bellísima canción llamada precisamente Colombina, Jaime Roos cuenta la historia de un Pierrot que se enamora de una Colombina que le tira un beso. Al terminar su actuación en el tablado de un barrio lejano, el chico corre a buscarla. La encuentra, pero la chica lo ignora completamente. El beso no era para él, era de Colombina para Pierrot.
Al volver entonces a poner en escena a estos personajes arquetípicos, los murguistas -acaso sin saberlo- reviven año tras año una venerable tradición dramática de cinco siglos de antigüedad. O tal vez sí lo sepan. Tal vez por eso, si se les pregunta quienes son, respondan con las palabras de Mauricio Rosencof:
"Somos laburante' enamorados
Que vienen a buscar a Colombina"
Lo primero que llama la atención en la murga uruguaya es que se trata (al menos hasta donde yo sé) de la única música popular que es polifónica es su esencia. Me explico: obviamente se pueden hacer, y se han hecho, versiones polifónicas por ejemplo de canciones folklóricas argentinas, o de tangos. Pero la murga uruguaya no puede cantarse si no es en coro, a varias voces. Para decirlo con mayor precisión, no tiene sentido cantarla de otra manera. Algo esencial se perdería.
Pero no es ese el aspecto en el que quiero centrar mi breve análisis sino en las letras y en la filosofía que ellas expresan. Algo que sorprende es que lo que más se suele recordar de las murgas son las retiradas. Nos puede servir como muestra una antología de murga uruguaya grabada por Falta y Resto: 100 años de murga. La antología consta de 12 canciones, de las cuales 10 son retiradas y sólo 2, saludos.
No creo que eso sea casual. En el Carnaval uruguayo flota todo el tiempo la conciencia permanente de que se trata de algo temporario, un paréntesis de color y de locura abierto en el gris de la vida cotidiana, que debe terminarse pronto, cuando llega la hora "de silenciar la sonora / carcajada que a los labios / sube límpida de agravios/ y hasta los ojos aflora", como canta La Nueva Milonga. La idea de la muerte, de la finitud, está paradójicamente siempre presente en medio del jolgorio. Una de las más bellas canciones sobre el Carnaval, Adios juventud de Jaime Roos, dice: "Adios Carnaval, espero / recorrerte otra vez". Y una despedida de Los Saltimbanquis recuerda "Cuantos murguistas se fueron y ya nunca volverán" y que "Unos se van, otros vienen y prosigue el carnaval", para terminar diciendo "Porque así es la vida / y en la vida hay un final". Los ejemplos podrían mutliplicarse indefinidamente.
La palabra farsa se utiliza frecuentemente para referirse al Carnaval, lo cual acentúa su aspecto de contracara de la realidad. Pero -y acá la cosa se pone más compleja y fascinante- esa farsa puede ser a veces más real que la realidad misma. "En invierno, cuando vuelve a ser gris Uruguay / los murguistas de rostro lavado, tranquilamente / van por ahi disfrazados de gente, desocupados" canta La Gran Siete. El atuendo de la gris vida cotidiana, según esta murga, es el verdadero disfraz y la farsa, por contraposición, revela la realidad más profunda. Pero en esta realidad profunda los murguistas se convierten en arquetipos eternos, en los personajes de la Commedia dell'arte italiana. No hay murga que no tenga su Pierrot, no hay murga que no le cante a Colombina. En otra bellísima canción llamada precisamente Colombina, Jaime Roos cuenta la historia de un Pierrot que se enamora de una Colombina que le tira un beso. Al terminar su actuación en el tablado de un barrio lejano, el chico corre a buscarla. La encuentra, pero la chica lo ignora completamente. El beso no era para él, era de Colombina para Pierrot.
Al volver entonces a poner en escena a estos personajes arquetípicos, los murguistas -acaso sin saberlo- reviven año tras año una venerable tradición dramática de cinco siglos de antigüedad. O tal vez sí lo sepan. Tal vez por eso, si se les pregunta quienes son, respondan con las palabras de Mauricio Rosencof:
"Somos laburante' enamorados
Que vienen a buscar a Colombina"
lunes, 15 de julio de 2013
Acerca de las buenas y malas novelas
RELATIVISMO ESTÉTICO.
El famoso “criterio de los peritos”: es bello lo que los peritos encuentran bello. Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los peritos.
Objeción: ¿cómo se sabe que un señor es perito? Porque prefiere Bach a Strauss.
Resultado: Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los señores que prefieren Bach a Strauss.
(Ernesto Sábato - Heterodoxia)
El famoso “criterio de los peritos”: es bello lo que los peritos encuentran bello. Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los peritos.
Objeción: ¿cómo se sabe que un señor es perito? Porque prefiere Bach a Strauss.
Resultado: Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los señores que prefieren Bach a Strauss.
(Ernesto Sábato - Heterodoxia)
Elogio de una novela mala
En la Ñ del sábado pasado, el crítico Andrés Hax la emprende con Inferno, la última novela de Dan Brown: "Tiene tanto sentido evaluar las novelas de Dan Brown dentro de un esquema de excelencia literaria como evaluar un Big Mac en términos de excelencia culinaria", comienza diciendo su nota. Pero Hax no deja de reconocer que Dan Brown es un maestro escribiendo "thrillers contemporáneos entretenidos para personas inteligentes a quienes no les importa la literatura -y probablemente hasta para personas que leen solamente uno o dos libros por año". A mi sí me interesa la literatura y leo bastante más que dos libros por año, pero a veces no desdeño leer una historia entretenida que hable de cosas interesantes. Y resulta que Dan Brown habla casi siempre de cosas interesantes, o al menos que a mi me lo parecen: el cristianismo primitivo y la supuesta relación de Jesús con María Magdalena, en el Código Da Vinci por poner un ejemplo. O "la filosofía transhumanista, la bomba matlthusiana de la sobrepoblación y la amenaza real y presente de un masivo ataque terrorista con un virus biológico hecho en un laboratorio", en esta nueva novela.
En resumidas cuentas, me dieron ganas de leerla y lo hice. Y confieso que me devoré sus 554 páginas en un par de días, con verdadero apasionamiento. Sí, es verdad, la novela no tiene valor como obra de arte. Tiene todos los ingredientes del best-seller típico: el profesor Robert Langdon, protagonista de El Código Da Vinci, que reaparece aquí; una médica joven, atractiva e intelectualmente superdotada; una conspiración en la que intervienen organizaciones secretas -y otras no tanto- y en la que está en juego la supervivencia misma de la humanidad; y escenarios sumamente prestigiosos (la novela transcurre en los sitios más famosos de Florencia, Venecia y Estambul) que hacen pensar inevitablemente en la película que probablemente se va a hacer en base al libro. Pero también es verdad que no cualquiera maneja el suspenso como lo hace Dan Brown, ni discute tantas ideas interesantes. "Lo que logra Dan Brown en Inferno es presentar convincentemente el argumento de que se tiene que reducir drásticamente la población humana sobre la tierra. Por este motivo, Inferno es un libro importante y hay que leerlo" dice Andrés Hax hacia el final de su crítica.
Hay muchos libros que no son buenos desde un punto de vista estrictamente literario, pero presentan ideas que valen la pena. Los de Philip Dick son un ejemplo clásico. La misma revista Ñ recuerda otro caso: la novela Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, acerca de la cual el propio autor escribió en el prefacio que "de acuerdo con las normas de la novela tradicional es un libro notablemente malo". Y sin embargo esa novela fue prologada nada menos que por Borges, porque le interesaron sus ideas. Si Borges no tuvo pruritos en prologar una novela que literariamente no es buena, entonces yo me siento mucho menos culpable por haber leído y disfrutado tanto de Inferno.
En resumidas cuentas, me dieron ganas de leerla y lo hice. Y confieso que me devoré sus 554 páginas en un par de días, con verdadero apasionamiento. Sí, es verdad, la novela no tiene valor como obra de arte. Tiene todos los ingredientes del best-seller típico: el profesor Robert Langdon, protagonista de El Código Da Vinci, que reaparece aquí; una médica joven, atractiva e intelectualmente superdotada; una conspiración en la que intervienen organizaciones secretas -y otras no tanto- y en la que está en juego la supervivencia misma de la humanidad; y escenarios sumamente prestigiosos (la novela transcurre en los sitios más famosos de Florencia, Venecia y Estambul) que hacen pensar inevitablemente en la película que probablemente se va a hacer en base al libro. Pero también es verdad que no cualquiera maneja el suspenso como lo hace Dan Brown, ni discute tantas ideas interesantes. "Lo que logra Dan Brown en Inferno es presentar convincentemente el argumento de que se tiene que reducir drásticamente la población humana sobre la tierra. Por este motivo, Inferno es un libro importante y hay que leerlo" dice Andrés Hax hacia el final de su crítica.
Hay muchos libros que no son buenos desde un punto de vista estrictamente literario, pero presentan ideas que valen la pena. Los de Philip Dick son un ejemplo clásico. La misma revista Ñ recuerda otro caso: la novela Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, acerca de la cual el propio autor escribió en el prefacio que "de acuerdo con las normas de la novela tradicional es un libro notablemente malo". Y sin embargo esa novela fue prologada nada menos que por Borges, porque le interesaron sus ideas. Si Borges no tuvo pruritos en prologar una novela que literariamente no es buena, entonces yo me siento mucho menos culpable por haber leído y disfrutado tanto de Inferno.
martes, 9 de julio de 2013
The Palermo manifesto por Esteban Schmidt
Arturo Jauretche en El medio pelo en la sociedad argentina, libro que a pesar de mi antiperonismo me sigue pareciendo admirable, intentó mostrar los sucesivos fracasos de la burguesía nacional a lo largo de nuestra historia. Tal vez The Palermo manifesto de Esteban Schmidt complete ese estudio mostrando el fracaso de esa clase media que en los 80s creyó en Alfonsín y en su consigna de la democracia con la que se iba a comer, a educar y a curar. Clase media a la que pertenezco y cuyas ilusiones compartí.
Pero no vaya a pensarse que se trata de un libro triste o amargo. Agridulce tal vez. Pero hilarante. Durante su lectura hubo muchos momentos en los que reí a morir. Y muchos otros en los que no pude resistirme a leerle en voz alta a mi esposa párrafos enteros. Está brillantemente escrito. Le dije al autor que consideraba a The Palermo manifesto como el mejor ensayo de interpretación nacional escrito en este siglo. En una de esas exageré (no he leído tantos después de todo), pero sí estoy seguro de que se trata de un libro indispensable para entender una buena parte de lo que nos viene pasando en los últimos 30 años.
Artemio López se refiere a The Palermo manifesto en los siguientes términos: "este primer libro de Esteban Schmidt es, entre otras cosas, el mejor intento de un verdadero joven ochentista de romper el silencio acerca de su propia práctica (práctica política, digamos) e intentar saldar el insoportable vacío -y sus efectos desoladores- que supone la ausencia de relato de aquellos que siendo realmente adolescentes y jóvenes creyeron en Raúl Alfonsín, su preámbulo, el saludito click!, David Ratto, el R.A. y, finalmente, dieron crédito a la repartija de salud, justicia y equidad en clave ya no populista sino, más o menos republicana". Y si, es eso. Está muy bien el comentario.
Es decir, eso es lo que constituye, por así decirlo, el fondo, el meollo del libro. En la superficie hay dos ejes temáticos fundamentales: el primero, el barrio de Palermo y algunas de sus instituciones características (bares, librerías, festivales) como espacio paradigmático donde aquellos desilusionados buscan refugio. Las cuarenta manzanas "donde se puede transitar y vivir sin deprimirse".
El segundo es la patria asesora, que toma cuerpo fundamentalmente en la figura de Luciano Di Nápoli, asesor de De La Rúa en su campaña presidencial, y de Filmus en su fallido intento por lograr en 2007 la jefatura de gobierno de la Ciudad. Y también de FLACSO (escrito "Flaxo" en el libro), la usina generadora de buena parte de los intelectuales que se han ganado la vida como asesores de los diferentes gobiernos. No me resisto a citar algunos párrafos sobre el tema, como para dar una muestra del tono general del libro: "Pero si hace veinte años que Flaxo pone funcionarios nacionales y municipales de educación y los alumnos son cada vez más flojos ... Y si, conscientes de eso, los licenciados mandan a sus propios hijos a escuelas privadas, la conclusión es que fallan en la gestión y diagnostican en su absoluto beneficio. Ganan la plata para los clubes Med de verano y se percatan de dónde no tienen que educar a sus críos para que prosperen en la vida y les paguen la parcela en el Parque Memorial en el futuro. Apuestan con información clasificada, compañeras y compañeros. Fea actitud.
Podrían retirarse unos años y hacer lo que hacemos todos cuando algo nos sale probadamente mal. No hacerla más. Y no es que no queremos que la gente zafe, porque para eso se estudia. Tampoco es que Flaxo es un terciario de la Secta Moon, pero puede ser más dañino que la Secta Moon de la que se habla tan mal, sin saber bien por qué se le cae con tanta mala onda a un chino.
El querido Daniel Filmus, por ejemplo, no es de la Secta Moon, pero fue funcionario de Carlos
Alfredo Grosso y de Carlos Saúl Menem, del intendente destituido Aníbal Ibarra y del matrimonio
formado por Néstor Carlos y Cristina Elisabet Kirchner. Una curva de veinte años asesorando en las alturas, decidiendo sobre escuelas, sobre planes, sobre obras, y los alumnos aprenden cada vez menos y son más justitos. Filmus, meá culpa, loco. Algo hacés mal. No dejás pasar una. Decí: Yo ya jugué, ya erré todos los penales, ahora que pruebe otro."
Y sí, Schmidt se ríe. Se ríe de Di Nápoli, de Filmus, de FLACSO, de los bares y librerías de Palermo, de los radicales, de los peronistas, del Frepaso, de todos nosotros. Y no nos cae mal, porque se ríe con esa risa agridulce con la que la gente que creyó y se desilusionó se ríe sobre todo de sí misma.
En definitiva un gran libro. Un libro que además se lee de un tirón. Divertido, provocador, hilarante y, fundamentalmente, indispensable para entender un poco mejor a este país que nos ha tocado en suerte.
Pero no vaya a pensarse que se trata de un libro triste o amargo. Agridulce tal vez. Pero hilarante. Durante su lectura hubo muchos momentos en los que reí a morir. Y muchos otros en los que no pude resistirme a leerle en voz alta a mi esposa párrafos enteros. Está brillantemente escrito. Le dije al autor que consideraba a The Palermo manifesto como el mejor ensayo de interpretación nacional escrito en este siglo. En una de esas exageré (no he leído tantos después de todo), pero sí estoy seguro de que se trata de un libro indispensable para entender una buena parte de lo que nos viene pasando en los últimos 30 años.
Artemio López se refiere a The Palermo manifesto en los siguientes términos: "este primer libro de Esteban Schmidt es, entre otras cosas, el mejor intento de un verdadero joven ochentista de romper el silencio acerca de su propia práctica (práctica política, digamos) e intentar saldar el insoportable vacío -y sus efectos desoladores- que supone la ausencia de relato de aquellos que siendo realmente adolescentes y jóvenes creyeron en Raúl Alfonsín, su preámbulo, el saludito click!, David Ratto, el R.A. y, finalmente, dieron crédito a la repartija de salud, justicia y equidad en clave ya no populista sino, más o menos republicana". Y si, es eso. Está muy bien el comentario.
Es decir, eso es lo que constituye, por así decirlo, el fondo, el meollo del libro. En la superficie hay dos ejes temáticos fundamentales: el primero, el barrio de Palermo y algunas de sus instituciones características (bares, librerías, festivales) como espacio paradigmático donde aquellos desilusionados buscan refugio. Las cuarenta manzanas "donde se puede transitar y vivir sin deprimirse".
El segundo es la patria asesora, que toma cuerpo fundamentalmente en la figura de Luciano Di Nápoli, asesor de De La Rúa en su campaña presidencial, y de Filmus en su fallido intento por lograr en 2007 la jefatura de gobierno de la Ciudad. Y también de FLACSO (escrito "Flaxo" en el libro), la usina generadora de buena parte de los intelectuales que se han ganado la vida como asesores de los diferentes gobiernos. No me resisto a citar algunos párrafos sobre el tema, como para dar una muestra del tono general del libro: "Pero si hace veinte años que Flaxo pone funcionarios nacionales y municipales de educación y los alumnos son cada vez más flojos ... Y si, conscientes de eso, los licenciados mandan a sus propios hijos a escuelas privadas, la conclusión es que fallan en la gestión y diagnostican en su absoluto beneficio. Ganan la plata para los clubes Med de verano y se percatan de dónde no tienen que educar a sus críos para que prosperen en la vida y les paguen la parcela en el Parque Memorial en el futuro. Apuestan con información clasificada, compañeras y compañeros. Fea actitud.
Podrían retirarse unos años y hacer lo que hacemos todos cuando algo nos sale probadamente mal. No hacerla más. Y no es que no queremos que la gente zafe, porque para eso se estudia. Tampoco es que Flaxo es un terciario de la Secta Moon, pero puede ser más dañino que la Secta Moon de la que se habla tan mal, sin saber bien por qué se le cae con tanta mala onda a un chino.
El querido Daniel Filmus, por ejemplo, no es de la Secta Moon, pero fue funcionario de Carlos
Alfredo Grosso y de Carlos Saúl Menem, del intendente destituido Aníbal Ibarra y del matrimonio
formado por Néstor Carlos y Cristina Elisabet Kirchner. Una curva de veinte años asesorando en las alturas, decidiendo sobre escuelas, sobre planes, sobre obras, y los alumnos aprenden cada vez menos y son más justitos. Filmus, meá culpa, loco. Algo hacés mal. No dejás pasar una. Decí: Yo ya jugué, ya erré todos los penales, ahora que pruebe otro."
Y sí, Schmidt se ríe. Se ríe de Di Nápoli, de Filmus, de FLACSO, de los bares y librerías de Palermo, de los radicales, de los peronistas, del Frepaso, de todos nosotros. Y no nos cae mal, porque se ríe con esa risa agridulce con la que la gente que creyó y se desilusionó se ríe sobre todo de sí misma.
En definitiva un gran libro. Un libro que además se lee de un tirón. Divertido, provocador, hilarante y, fundamentalmente, indispensable para entender un poco mejor a este país que nos ha tocado en suerte.
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