domingo, 28 de julio de 2013

El papa Francisco

Profesaba, por supuesto, la fe católica, lo cual no significa que 
creyera en  un Dios que es Uno y es Tres, ni siquiera en la 
inmortalidad de las almas.  Murmuraba oraciones que no entendía,  
las manos movían el rosario.  En lugar de la Pascua y del Día de Reyes 
había aceptado la Navidad, así como el té en vez del mate. 
(Jorge Luis Borges - La señora mayor)

Ahora que los medios (al menos en nuestro país) están unánimemente fascinados por el papa Francisco, tal vez sea un buen momento para reflexionar un poco sobre lo que significan la Iglesia Católica y el Papado. Digo esto porque los medios se han focalizado, como es natural, en aquellos aspectos de la actividad del nuevo papa que son más comprensibles para la mayor parte de la gente, y que apelan más a sus emociones.  No es un aspecto menor; se trata nada menos que del rol pastoral del papa y es sumamente importante, pero es sólo una parte de algo bastante mayor.

El papa es la cabeza de una Iglesia que tiene un sistema muy definido de creencias -dogmas- y de leyes -cánones- que, según muchos teólogos, están en crisis desde hace tiempo por su inadecuación con la cosmovisión del mundo contemporáneo. Preveo la indignación con la que muchos creyentes leerían probablemente estas líneas.  "Si los dogmas y cánones de la Iglesia no se adaptan al mundo moderno, tanto peor para el mundo moderno" dirían.  "Esto sólo significa que el mundo moderno se ha apartado de la verdad".  Yo creo -y muchos teólogos también creen- que esto es un error.  Aun suponiendo que la Iglesia esté siempre en la verdad (que es precisamente algo de lo que debe ser revisado), la expresión de esa verdad debe adecuarse a la sensibilidad de los tiempos y reformularse de acuerdo con la evolución del aparato conceptual que manejan los filósofos y científicos de cada tiempo.

Por poner un ejemplo: los dogmas sobre Cristo (dogmas fundamentales si los hay) están expresados mediante los conceptos neoplatónicos de personanaturaleza substancia (Jesucristo es una persona pero tiene dos naturalezas: una humana, otra divina.  Es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo). Los concilios que definieron esos dogmas usaron la filosofía vigente en su época para responder una cuestión central de la fe: ¿quien fue Jesús, llamado el Cristo? Pero nadie puede alegar que esa filosofía es indispensable para responder dicha pregunta.  Hoy en día la ciencia y la filosofía contemporáneas conciben al mundo y, dentro de él, a las personas, de otras maneras.  Un desafío para la Iglesia es volver a presentar los dogmas cristológicos de una forma que, sin contradecir la doctrina de los concilios, la haga comprensible y aceptable para los hombres cultos de hoy.  Lo mismo ocurre con otros dogmas: la Trinidad, el pecado original, la resurrección de la carne, la infalibilidad papal, por mencionar sólo unos pocos.

Respecto de los cánones, las cosas no están mucho mejor.  La estructura de la Iglesia es feudal.  No lo fue en sus orígenes, no tiene por qué serlo ahora.  Hay muchas normas que no parecen tener razón de ser y cuya reforma es reclamada por muchos fieles: el celibato sacerdotal, por ejemplo, que no existe en ninguna otra iglesia cristiana (¡de hecho ni siquiera en la propia Iglesia Católica de rito oriental!); la prohibición de los métodos llamados "artificiales" para el control de la natalidad, prohibición que no tiene ni el más mínimo fundamento bíblico; la ordenación de mujeres para el sacerdocio y el episcopado.  Otra vez, menciono sólo unos pocos ejemplos.

La Iglesia necesita una reforma profunda, dogmática y canónica, y esto va mucho más allá de un liderazgo carismático, que es bienvenido pero que claramente no alcanza.  Después de dos papados muy conservadores, el papa Francisco tiene por delante el desafío de llevar adelante un cambio profundo de su Iglesia.  El tiempo dirá si puede -y quiere- hacerlo.

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