viernes, 19 de julio de 2013

La murga uruguaya

Voy a escribir, no sin temor, sobre un tema que me es ajeno y que yo -mero porteño al fin- desconozco a fondo.  Lo desconozco, pero a la vez lo amo profundamente.  Me refiero a la murga uruguaya.  Voy a hablar de ella sólo como género musical, aunque soy consciente de que la murga uruguaya es bastante más que eso.  Es también actuación y danza, pero voy a limitarme al aspecto propiamente musical.

Lo primero que llama la atención en la murga uruguaya es que se trata (al menos hasta donde yo sé) de la única música popular que es polifónica es su esencia.  Me explico: obviamente se pueden hacer, y se han hecho, versiones polifónicas por ejemplo de canciones folklóricas argentinas, o de tangos.  Pero la murga uruguaya no puede cantarse si no es en coro, a varias voces.  Para decirlo con mayor precisión, no tiene sentido cantarla de otra manera.  Algo esencial se perdería.

Pero no es ese el aspecto en el que quiero centrar mi breve análisis sino en las letras y en la filosofía que ellas expresan. Algo que sorprende es que lo que más se suele recordar de las murgas son las retiradas.  Nos puede servir como muestra una antología de murga uruguaya grabada por Falta y Resto: 100 años de murga.  La antología consta de 12 canciones, de las cuales 10 son retiradas y sólo 2, saludos.

No creo que eso sea casual.  En el Carnaval uruguayo flota todo el tiempo la conciencia permanente de que se trata de algo temporario, un paréntesis de color y de locura abierto en el gris de la vida cotidiana, que debe terminarse pronto, cuando llega la hora "de silenciar la sonora / carcajada que a los labios / sube límpida de agravios/ y hasta los ojos aflora", como canta La Nueva Milonga.  La idea de la muerte, de la finitud, está paradójicamente siempre presente en medio del jolgorio.  Una de las más bellas canciones sobre el Carnaval, Adios juventud de Jaime Roos, dice: "Adios Carnaval, espero / recorrerte otra vez".  Y una despedida de Los Saltimbanquis recuerda "Cuantos murguistas se fueron y ya nunca volverán" y que "Unos se van, otros vienen y prosigue el carnaval", para terminar diciendo "Porque así es la vida / y en la vida hay un final".  Los ejemplos podrían mutliplicarse indefinidamente.

La palabra farsa se utiliza frecuentemente para referirse al Carnaval, lo cual acentúa su aspecto de contracara de la realidad.  Pero -y acá la cosa se pone más compleja y fascinante- esa farsa puede ser a veces más real que la realidad misma.  "En invierno, cuando vuelve a ser gris Uruguay / los murguistas de rostro lavado, tranquilamente / van por ahi disfrazados de gente, desocupados" canta La Gran Siete. El atuendo de la gris vida cotidiana, según esta murga, es el verdadero disfraz y la farsa, por contraposición, revela la realidad más profunda.  Pero en esta realidad profunda los murguistas se convierten en arquetipos eternos, en los personajes de la Commedia dell'arte italiana. No hay murga que no tenga su Pierrot, no hay murga que no le cante a Colombina.  En otra bellísima canción llamada precisamente Colombina, Jaime Roos cuenta la historia de un Pierrot que se enamora de una Colombina que le tira un beso.  Al terminar su actuación en el tablado de un barrio lejano, el chico corre a buscarla.  La encuentra, pero la chica lo ignora completamente.  El beso no era para él, era de Colombina para Pierrot.

Al volver entonces a poner en escena a estos personajes arquetípicos, los murguistas -acaso sin saberlo- reviven año tras año una venerable tradición dramática de cinco siglos de antigüedad.  O tal vez sí lo sepan.  Tal vez por eso, si se les pregunta quienes son, respondan con las palabras de Mauricio Rosencof:

"Somos laburante' enamorados
 Que vienen a buscar a Colombina"

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