EL PELITO DE GUTIÉRREZ
El señor Gutiérrez era completamente calvo y lampiño, con una única excepción: un pelo que le crecía en el mentón, a manera de modestísima perilla.
Un día, estando solo en su casa, Gutiérrez no aguantó más y decidió arrancárselo. Tironeó y tironeó. Para su sorpresa, al rato tenía en su mano diez centímetros de un pelo cuyo otro extremo seguía firmemente plantado en su mentón.
Gutiérrez no era de los que se arredran así nomás ante la primera dificultad, oh no. Siguió tirando del pelito por horas.
Cuando su mujer volvió de la calle encontró en el medio del living la cabeza y un brazo de Gutiérrez, tirados en medio de lo que parecía ser un chinchulín larguísimo, sanguinolento y finito. Cuando volvió en sí llamó al Dr. Sardinius, médico de la familia. Sardinius exclamó:
"¡Oh, Gutiérrez era monofílar! ¡Maldición, no haberlo sabido antes! ¡Nunca volveré a tener otra oportunidad de estudiar a un monofilar de cerca! ¡Mi carrera es un fracaso! Ahora mismo dejo la profesión".
Sardinius cerró efectivamente su consultorio, dejó a su familia y nunca volvió a saberse de él.
La viuda de Gutiérrez puso una peluquería llamada precisamente "El pelito de Gutiérrez". Le va más o menos.
GUTIÉRREZ Y EL ÁNGEL
Cierto infausto día sucedió que a Gutiérrez se le presentó un ángel del Señor blandiendo una espada flamígera y le dijo:
-Gutiérrez, has hallado gracia a los ojos de Dios. Se te concederá por ello un deseo, el que tu quieras.
Gutiérrez era muy ateo y había discutido interminablemente en las reuniones familiares con sus cuñados que eran dos chupacirios. Y le pareció que estaba viejo para cambiar. Le dijo entonces al ángel:
-Quiero que hagas que Dios y todos sus ángeles (incluido tu) dejen de existir y que no hayan existido nunca. ¿Ta clarete? -Agregó con imperdonable plebeyez.
-Ta clarete -Respondió el ángel. Y tras un trueno casi imperceptible todos los coros de ángeles y el Señor mismo desaparecieron.
Las gentes sin embargo no se enteraron y siguieron rezándole a ese Dios que ya no volvería a estar. Aseguran algunos científicos que esas oraciones se acumulan sin destino en el éter y son las causantes del agujero de ozono. Pero esa vez Gutiérrez se salió con la suya.
LAS ANTIMEMORIAS DE GUTIÉRREZ
A poco de cumplir diez años, Gutiérrez cayó enfermo de unas extrañas fiebres cerebrales que le dieron vuelta por unos días la memoria, y él olvidó todo su pasado pero comenzó a recordar cosas futuras. Sólo que esos recuerdos se le afantasmaban un poco y Gutiérrez no sabía si estaba recordando cosas o sueños. La naturaleza de esas memorias parecía favorecer la segunda alternativa. Por ejemplo, recordaba a un hombre alto y luminoso que, espada en mano, le decía palabras incomprensibles. O también a sí mismo, tirado en el piso del living en medio de un charco de inmundicias, viendo desde allí como su esposa daba un grito de horror y se desmayaba al verlo. Este último recuerdo se le mezclaba además con el de una película de terror clase B que vería cuatro o cinco años más tarde, junto con una de la Coca Sarli en el cine Devoto.
GUTIÉRREZ Y EL DEMONIO
El padre de Gutiérrez era satanista. Había fundado una especie de iglesia satánica, que se reunía en el living de su casa el último sábado de cada mes. A Gutiérrez, que desde muy pequeño fue más ateo que una media, todo eso le parecía bastante penoso. Se daba cuenta de que su padre y sus amigos no tenían ni la más mínima noción de lo que era el Mal. También percibía que algunos de los feligreses sólo querían una excusa para tirarse de cuando en cuando una canita al aire y que esto les parecía el summum de la perversidad.
Una sola vez el padre intentó usar a Gutiérrez para un rito satánico. Sus libracos decían que, para invocar a Belial, debía sacrificar al chico. El pobre hombre decidió limitarse a unas cachetadas que hicieron llorar a Gutiérrez y le hicieron salir sangre de la nariz, cosa que el padre tomó por un buen signo. Entusiasmado se puso a recitar en un latín macarrónico su invocación satánica. Mientras lo hacía, la dentadura postiza le bailaba en la boca y las palabras antiguas silbaban. Hacía una figura tan ridícula que Gutiérrez pasó en pocos segundos del llanto a una risa incontenible. Tanto, tanto rió que terminó vomitando la cena. El padre creyó que esto indicaba a las claras que el chico había sido poseído por Belial y se fue a dormir muy satisfecho.
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