"Debo aquí abrir un breve paréntesis -dentro del paréntesis largo que sea tal vez este ejercicio de literatura a mano que tan cautelosamente he emprendido- para explicar que no he devenido escritor por vocación, sino por complejas razones socio-político-económico-psiquicas. En este preciso instante, por ejemplo, más que estar escribiendo quisiera estar, por ejemplo, ideando un juego para computadoras, filmando una película, tocando algo de Bach en el órgano de una catedral antigua (europea) o simplemente sembrando mi semilla en una serie de vientres femeninos, puestos en hilera uno junto a otro hasta donde alcance la vista. Mi relación con la literatura es lo que puedo, apenas, permitirme; lo que, en realidad, los demás me han -hasta cierto punto- permitido. Para decirlo con palabras más duras y más exactas, escribir es más barato y menos peligroso, o más cómodo para mi. Soy perezoso y cobarde, además de pobre; debo pues resignarme a escribir,y, todavía, dar gracias por ello."
Esta es la segunda edición del blog Alpedornauta, que supe tener hasta hace un par de años. El anterior no interesó; éste va a interesar aun menos. Lo escribo fundamentalmente para mi mismo, de modo que mucho no me importa. Mi vida no es interesante pero yo creo que sí lo son algunas de las cosas que leo. Sobre ellas voy a hablar acá.
domingo, 18 de agosto de 2013
domingo, 28 de julio de 2013
El papa Francisco
Profesaba, por supuesto, la fe católica, lo cual no significa que
creyera en un Dios que es Uno y es Tres, ni siquiera en la
inmortalidad de las almas. Murmuraba oraciones que no entendía,
las manos movían el rosario. En lugar de la Pascua y del Día de Reyes
había aceptado la Navidad, así como el té en vez del mate.
(Jorge Luis Borges - La señora mayor)
Ahora que los medios (al menos en nuestro país) están unánimemente fascinados por el papa Francisco, tal vez sea un buen momento para reflexionar un poco sobre lo que significan la Iglesia Católica y el Papado. Digo esto porque los medios se han focalizado, como es natural, en aquellos aspectos de la actividad del nuevo papa que son más comprensibles para la mayor parte de la gente, y que apelan más a sus emociones. No es un aspecto menor; se trata nada menos que del rol pastoral del papa y es sumamente importante, pero es sólo una parte de algo bastante mayor.
El papa es la cabeza de una Iglesia que tiene un sistema muy definido de creencias -dogmas- y de leyes -cánones- que, según muchos teólogos, están en crisis desde hace tiempo por su inadecuación con la cosmovisión del mundo contemporáneo. Preveo la indignación con la que muchos creyentes leerían probablemente estas líneas. "Si los dogmas y cánones de la Iglesia no se adaptan al mundo moderno, tanto peor para el mundo moderno" dirían. "Esto sólo significa que el mundo moderno se ha apartado de la verdad". Yo creo -y muchos teólogos también creen- que esto es un error. Aun suponiendo que la Iglesia esté siempre en la verdad (que es precisamente algo de lo que debe ser revisado), la expresión de esa verdad debe adecuarse a la sensibilidad de los tiempos y reformularse de acuerdo con la evolución del aparato conceptual que manejan los filósofos y científicos de cada tiempo.
Por poner un ejemplo: los dogmas sobre Cristo (dogmas fundamentales si los hay) están expresados mediante los conceptos neoplatónicos de persona, naturaleza y substancia (Jesucristo es una persona pero tiene dos naturalezas: una humana, otra divina. Es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo). Los concilios que definieron esos dogmas usaron la filosofía vigente en su época para responder una cuestión central de la fe: ¿quien fue Jesús, llamado el Cristo? Pero nadie puede alegar que esa filosofía es indispensable para responder dicha pregunta. Hoy en día la ciencia y la filosofía contemporáneas conciben al mundo y, dentro de él, a las personas, de otras maneras. Un desafío para la Iglesia es volver a presentar los dogmas cristológicos de una forma que, sin contradecir la doctrina de los concilios, la haga comprensible y aceptable para los hombres cultos de hoy. Lo mismo ocurre con otros dogmas: la Trinidad, el pecado original, la resurrección de la carne, la infalibilidad papal, por mencionar sólo unos pocos.
Respecto de los cánones, las cosas no están mucho mejor. La estructura de la Iglesia es feudal. No lo fue en sus orígenes, no tiene por qué serlo ahora. Hay muchas normas que no parecen tener razón de ser y cuya reforma es reclamada por muchos fieles: el celibato sacerdotal, por ejemplo, que no existe en ninguna otra iglesia cristiana (¡de hecho ni siquiera en la propia Iglesia Católica de rito oriental!); la prohibición de los métodos llamados "artificiales" para el control de la natalidad, prohibición que no tiene ni el más mínimo fundamento bíblico; la ordenación de mujeres para el sacerdocio y el episcopado. Otra vez, menciono sólo unos pocos ejemplos.
La Iglesia necesita una reforma profunda, dogmática y canónica, y esto va mucho más allá de un liderazgo carismático, que es bienvenido pero que claramente no alcanza. Después de dos papados muy conservadores, el papa Francisco tiene por delante el desafío de llevar adelante un cambio profundo de su Iglesia. El tiempo dirá si puede -y quiere- hacerlo.
viernes, 26 de julio de 2013
Historias de Gutiérrez
EL PELITO DE GUTIÉRREZ
El señor Gutiérrez era completamente calvo y lampiño, con una única excepción: un pelo que le crecía en el mentón, a manera de modestísima perilla.
Un día, estando solo en su casa, Gutiérrez no aguantó más y decidió arrancárselo. Tironeó y tironeó. Para su sorpresa, al rato tenía en su mano diez centímetros de un pelo cuyo otro extremo seguía firmemente plantado en su mentón.
Gutiérrez no era de los que se arredran así nomás ante la primera dificultad, oh no. Siguió tirando del pelito por horas.
Cuando su mujer volvió de la calle encontró en el medio del living la cabeza y un brazo de Gutiérrez, tirados en medio de lo que parecía ser un chinchulín larguísimo, sanguinolento y finito. Cuando volvió en sí llamó al Dr. Sardinius, médico de la familia. Sardinius exclamó:
"¡Oh, Gutiérrez era monofílar! ¡Maldición, no haberlo sabido antes! ¡Nunca volveré a tener otra oportunidad de estudiar a un monofilar de cerca! ¡Mi carrera es un fracaso! Ahora mismo dejo la profesión".
Sardinius cerró efectivamente su consultorio, dejó a su familia y nunca volvió a saberse de él.
La viuda de Gutiérrez puso una peluquería llamada precisamente "El pelito de Gutiérrez". Le va más o menos.
GUTIÉRREZ Y EL ÁNGEL
Cierto infausto día sucedió que a Gutiérrez se le presentó un ángel del Señor blandiendo una espada flamígera y le dijo:
-Gutiérrez, has hallado gracia a los ojos de Dios. Se te concederá por ello un deseo, el que tu quieras.
Gutiérrez era muy ateo y había discutido interminablemente en las reuniones familiares con sus cuñados que eran dos chupacirios. Y le pareció que estaba viejo para cambiar. Le dijo entonces al ángel:
-Quiero que hagas que Dios y todos sus ángeles (incluido tu) dejen de existir y que no hayan existido nunca. ¿Ta clarete? -Agregó con imperdonable plebeyez.
-Ta clarete -Respondió el ángel. Y tras un trueno casi imperceptible todos los coros de ángeles y el Señor mismo desaparecieron.
Las gentes sin embargo no se enteraron y siguieron rezándole a ese Dios que ya no volvería a estar. Aseguran algunos científicos que esas oraciones se acumulan sin destino en el éter y son las causantes del agujero de ozono. Pero esa vez Gutiérrez se salió con la suya.
LAS ANTIMEMORIAS DE GUTIÉRREZ
A poco de cumplir diez años, Gutiérrez cayó enfermo de unas extrañas fiebres cerebrales que le dieron vuelta por unos días la memoria, y él olvidó todo su pasado pero comenzó a recordar cosas futuras. Sólo que esos recuerdos se le afantasmaban un poco y Gutiérrez no sabía si estaba recordando cosas o sueños. La naturaleza de esas memorias parecía favorecer la segunda alternativa. Por ejemplo, recordaba a un hombre alto y luminoso que, espada en mano, le decía palabras incomprensibles. O también a sí mismo, tirado en el piso del living en medio de un charco de inmundicias, viendo desde allí como su esposa daba un grito de horror y se desmayaba al verlo. Este último recuerdo se le mezclaba además con el de una película de terror clase B que vería cuatro o cinco años más tarde, junto con una de la Coca Sarli en el cine Devoto.
GUTIÉRREZ Y EL DEMONIO
El padre de Gutiérrez era satanista. Había fundado una especie de iglesia satánica, que se reunía en el living de su casa el último sábado de cada mes. A Gutiérrez, que desde muy pequeño fue más ateo que una media, todo eso le parecía bastante penoso. Se daba cuenta de que su padre y sus amigos no tenían ni la más mínima noción de lo que era el Mal. También percibía que algunos de los feligreses sólo querían una excusa para tirarse de cuando en cuando una canita al aire y que esto les parecía el summum de la perversidad.
Una sola vez el padre intentó usar a Gutiérrez para un rito satánico. Sus libracos decían que, para invocar a Belial, debía sacrificar al chico. El pobre hombre decidió limitarse a unas cachetadas que hicieron llorar a Gutiérrez y le hicieron salir sangre de la nariz, cosa que el padre tomó por un buen signo. Entusiasmado se puso a recitar en un latín macarrónico su invocación satánica. Mientras lo hacía, la dentadura postiza le bailaba en la boca y las palabras antiguas silbaban. Hacía una figura tan ridícula que Gutiérrez pasó en pocos segundos del llanto a una risa incontenible. Tanto, tanto rió que terminó vomitando la cena. El padre creyó que esto indicaba a las claras que el chico había sido poseído por Belial y se fue a dormir muy satisfecho.
El señor Gutiérrez era completamente calvo y lampiño, con una única excepción: un pelo que le crecía en el mentón, a manera de modestísima perilla.
Un día, estando solo en su casa, Gutiérrez no aguantó más y decidió arrancárselo. Tironeó y tironeó. Para su sorpresa, al rato tenía en su mano diez centímetros de un pelo cuyo otro extremo seguía firmemente plantado en su mentón.
Gutiérrez no era de los que se arredran así nomás ante la primera dificultad, oh no. Siguió tirando del pelito por horas.
Cuando su mujer volvió de la calle encontró en el medio del living la cabeza y un brazo de Gutiérrez, tirados en medio de lo que parecía ser un chinchulín larguísimo, sanguinolento y finito. Cuando volvió en sí llamó al Dr. Sardinius, médico de la familia. Sardinius exclamó:
"¡Oh, Gutiérrez era monofílar! ¡Maldición, no haberlo sabido antes! ¡Nunca volveré a tener otra oportunidad de estudiar a un monofilar de cerca! ¡Mi carrera es un fracaso! Ahora mismo dejo la profesión".
Sardinius cerró efectivamente su consultorio, dejó a su familia y nunca volvió a saberse de él.
La viuda de Gutiérrez puso una peluquería llamada precisamente "El pelito de Gutiérrez". Le va más o menos.
GUTIÉRREZ Y EL ÁNGEL
Cierto infausto día sucedió que a Gutiérrez se le presentó un ángel del Señor blandiendo una espada flamígera y le dijo:
-Gutiérrez, has hallado gracia a los ojos de Dios. Se te concederá por ello un deseo, el que tu quieras.
Gutiérrez era muy ateo y había discutido interminablemente en las reuniones familiares con sus cuñados que eran dos chupacirios. Y le pareció que estaba viejo para cambiar. Le dijo entonces al ángel:
-Quiero que hagas que Dios y todos sus ángeles (incluido tu) dejen de existir y que no hayan existido nunca. ¿Ta clarete? -Agregó con imperdonable plebeyez.
-Ta clarete -Respondió el ángel. Y tras un trueno casi imperceptible todos los coros de ángeles y el Señor mismo desaparecieron.
Las gentes sin embargo no se enteraron y siguieron rezándole a ese Dios que ya no volvería a estar. Aseguran algunos científicos que esas oraciones se acumulan sin destino en el éter y son las causantes del agujero de ozono. Pero esa vez Gutiérrez se salió con la suya.
LAS ANTIMEMORIAS DE GUTIÉRREZ
A poco de cumplir diez años, Gutiérrez cayó enfermo de unas extrañas fiebres cerebrales que le dieron vuelta por unos días la memoria, y él olvidó todo su pasado pero comenzó a recordar cosas futuras. Sólo que esos recuerdos se le afantasmaban un poco y Gutiérrez no sabía si estaba recordando cosas o sueños. La naturaleza de esas memorias parecía favorecer la segunda alternativa. Por ejemplo, recordaba a un hombre alto y luminoso que, espada en mano, le decía palabras incomprensibles. O también a sí mismo, tirado en el piso del living en medio de un charco de inmundicias, viendo desde allí como su esposa daba un grito de horror y se desmayaba al verlo. Este último recuerdo se le mezclaba además con el de una película de terror clase B que vería cuatro o cinco años más tarde, junto con una de la Coca Sarli en el cine Devoto.
GUTIÉRREZ Y EL DEMONIO
El padre de Gutiérrez era satanista. Había fundado una especie de iglesia satánica, que se reunía en el living de su casa el último sábado de cada mes. A Gutiérrez, que desde muy pequeño fue más ateo que una media, todo eso le parecía bastante penoso. Se daba cuenta de que su padre y sus amigos no tenían ni la más mínima noción de lo que era el Mal. También percibía que algunos de los feligreses sólo querían una excusa para tirarse de cuando en cuando una canita al aire y que esto les parecía el summum de la perversidad.
Una sola vez el padre intentó usar a Gutiérrez para un rito satánico. Sus libracos decían que, para invocar a Belial, debía sacrificar al chico. El pobre hombre decidió limitarse a unas cachetadas que hicieron llorar a Gutiérrez y le hicieron salir sangre de la nariz, cosa que el padre tomó por un buen signo. Entusiasmado se puso a recitar en un latín macarrónico su invocación satánica. Mientras lo hacía, la dentadura postiza le bailaba en la boca y las palabras antiguas silbaban. Hacía una figura tan ridícula que Gutiérrez pasó en pocos segundos del llanto a una risa incontenible. Tanto, tanto rió que terminó vomitando la cena. El padre creyó que esto indicaba a las claras que el chico había sido poseído por Belial y se fue a dormir muy satisfecho.
viernes, 19 de julio de 2013
La murga uruguaya
Voy a escribir, no sin temor, sobre un tema que me es ajeno y que yo -mero porteño al fin- desconozco a fondo. Lo desconozco, pero a la vez lo amo profundamente. Me refiero a la murga uruguaya. Voy a hablar de ella sólo como género musical, aunque soy consciente de que la murga uruguaya es bastante más que eso. Es también actuación y danza, pero voy a limitarme al aspecto propiamente musical.
Lo primero que llama la atención en la murga uruguaya es que se trata (al menos hasta donde yo sé) de la única música popular que es polifónica es su esencia. Me explico: obviamente se pueden hacer, y se han hecho, versiones polifónicas por ejemplo de canciones folklóricas argentinas, o de tangos. Pero la murga uruguaya no puede cantarse si no es en coro, a varias voces. Para decirlo con mayor precisión, no tiene sentido cantarla de otra manera. Algo esencial se perdería.
Pero no es ese el aspecto en el que quiero centrar mi breve análisis sino en las letras y en la filosofía que ellas expresan. Algo que sorprende es que lo que más se suele recordar de las murgas son las retiradas. Nos puede servir como muestra una antología de murga uruguaya grabada por Falta y Resto: 100 años de murga. La antología consta de 12 canciones, de las cuales 10 son retiradas y sólo 2, saludos.
No creo que eso sea casual. En el Carnaval uruguayo flota todo el tiempo la conciencia permanente de que se trata de algo temporario, un paréntesis de color y de locura abierto en el gris de la vida cotidiana, que debe terminarse pronto, cuando llega la hora "de silenciar la sonora / carcajada que a los labios / sube límpida de agravios/ y hasta los ojos aflora", como canta La Nueva Milonga. La idea de la muerte, de la finitud, está paradójicamente siempre presente en medio del jolgorio. Una de las más bellas canciones sobre el Carnaval, Adios juventud de Jaime Roos, dice: "Adios Carnaval, espero / recorrerte otra vez". Y una despedida de Los Saltimbanquis recuerda "Cuantos murguistas se fueron y ya nunca volverán" y que "Unos se van, otros vienen y prosigue el carnaval", para terminar diciendo "Porque así es la vida / y en la vida hay un final". Los ejemplos podrían mutliplicarse indefinidamente.
La palabra farsa se utiliza frecuentemente para referirse al Carnaval, lo cual acentúa su aspecto de contracara de la realidad. Pero -y acá la cosa se pone más compleja y fascinante- esa farsa puede ser a veces más real que la realidad misma. "En invierno, cuando vuelve a ser gris Uruguay / los murguistas de rostro lavado, tranquilamente / van por ahi disfrazados de gente, desocupados" canta La Gran Siete. El atuendo de la gris vida cotidiana, según esta murga, es el verdadero disfraz y la farsa, por contraposición, revela la realidad más profunda. Pero en esta realidad profunda los murguistas se convierten en arquetipos eternos, en los personajes de la Commedia dell'arte italiana. No hay murga que no tenga su Pierrot, no hay murga que no le cante a Colombina. En otra bellísima canción llamada precisamente Colombina, Jaime Roos cuenta la historia de un Pierrot que se enamora de una Colombina que le tira un beso. Al terminar su actuación en el tablado de un barrio lejano, el chico corre a buscarla. La encuentra, pero la chica lo ignora completamente. El beso no era para él, era de Colombina para Pierrot.
Al volver entonces a poner en escena a estos personajes arquetípicos, los murguistas -acaso sin saberlo- reviven año tras año una venerable tradición dramática de cinco siglos de antigüedad. O tal vez sí lo sepan. Tal vez por eso, si se les pregunta quienes son, respondan con las palabras de Mauricio Rosencof:
"Somos laburante' enamorados
Que vienen a buscar a Colombina"
Lo primero que llama la atención en la murga uruguaya es que se trata (al menos hasta donde yo sé) de la única música popular que es polifónica es su esencia. Me explico: obviamente se pueden hacer, y se han hecho, versiones polifónicas por ejemplo de canciones folklóricas argentinas, o de tangos. Pero la murga uruguaya no puede cantarse si no es en coro, a varias voces. Para decirlo con mayor precisión, no tiene sentido cantarla de otra manera. Algo esencial se perdería.
Pero no es ese el aspecto en el que quiero centrar mi breve análisis sino en las letras y en la filosofía que ellas expresan. Algo que sorprende es que lo que más se suele recordar de las murgas son las retiradas. Nos puede servir como muestra una antología de murga uruguaya grabada por Falta y Resto: 100 años de murga. La antología consta de 12 canciones, de las cuales 10 son retiradas y sólo 2, saludos.
No creo que eso sea casual. En el Carnaval uruguayo flota todo el tiempo la conciencia permanente de que se trata de algo temporario, un paréntesis de color y de locura abierto en el gris de la vida cotidiana, que debe terminarse pronto, cuando llega la hora "de silenciar la sonora / carcajada que a los labios / sube límpida de agravios/ y hasta los ojos aflora", como canta La Nueva Milonga. La idea de la muerte, de la finitud, está paradójicamente siempre presente en medio del jolgorio. Una de las más bellas canciones sobre el Carnaval, Adios juventud de Jaime Roos, dice: "Adios Carnaval, espero / recorrerte otra vez". Y una despedida de Los Saltimbanquis recuerda "Cuantos murguistas se fueron y ya nunca volverán" y que "Unos se van, otros vienen y prosigue el carnaval", para terminar diciendo "Porque así es la vida / y en la vida hay un final". Los ejemplos podrían mutliplicarse indefinidamente.
La palabra farsa se utiliza frecuentemente para referirse al Carnaval, lo cual acentúa su aspecto de contracara de la realidad. Pero -y acá la cosa se pone más compleja y fascinante- esa farsa puede ser a veces más real que la realidad misma. "En invierno, cuando vuelve a ser gris Uruguay / los murguistas de rostro lavado, tranquilamente / van por ahi disfrazados de gente, desocupados" canta La Gran Siete. El atuendo de la gris vida cotidiana, según esta murga, es el verdadero disfraz y la farsa, por contraposición, revela la realidad más profunda. Pero en esta realidad profunda los murguistas se convierten en arquetipos eternos, en los personajes de la Commedia dell'arte italiana. No hay murga que no tenga su Pierrot, no hay murga que no le cante a Colombina. En otra bellísima canción llamada precisamente Colombina, Jaime Roos cuenta la historia de un Pierrot que se enamora de una Colombina que le tira un beso. Al terminar su actuación en el tablado de un barrio lejano, el chico corre a buscarla. La encuentra, pero la chica lo ignora completamente. El beso no era para él, era de Colombina para Pierrot.
Al volver entonces a poner en escena a estos personajes arquetípicos, los murguistas -acaso sin saberlo- reviven año tras año una venerable tradición dramática de cinco siglos de antigüedad. O tal vez sí lo sepan. Tal vez por eso, si se les pregunta quienes son, respondan con las palabras de Mauricio Rosencof:
"Somos laburante' enamorados
Que vienen a buscar a Colombina"
lunes, 15 de julio de 2013
Acerca de las buenas y malas novelas
RELATIVISMO ESTÉTICO.
El famoso “criterio de los peritos”: es bello lo que los peritos encuentran bello. Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los peritos.
Objeción: ¿cómo se sabe que un señor es perito? Porque prefiere Bach a Strauss.
Resultado: Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los señores que prefieren Bach a Strauss.
(Ernesto Sábato - Heterodoxia)
El famoso “criterio de los peritos”: es bello lo que los peritos encuentran bello. Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los peritos.
Objeción: ¿cómo se sabe que un señor es perito? Porque prefiere Bach a Strauss.
Resultado: Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los señores que prefieren Bach a Strauss.
(Ernesto Sábato - Heterodoxia)
Elogio de una novela mala
En la Ñ del sábado pasado, el crítico Andrés Hax la emprende con Inferno, la última novela de Dan Brown: "Tiene tanto sentido evaluar las novelas de Dan Brown dentro de un esquema de excelencia literaria como evaluar un Big Mac en términos de excelencia culinaria", comienza diciendo su nota. Pero Hax no deja de reconocer que Dan Brown es un maestro escribiendo "thrillers contemporáneos entretenidos para personas inteligentes a quienes no les importa la literatura -y probablemente hasta para personas que leen solamente uno o dos libros por año". A mi sí me interesa la literatura y leo bastante más que dos libros por año, pero a veces no desdeño leer una historia entretenida que hable de cosas interesantes. Y resulta que Dan Brown habla casi siempre de cosas interesantes, o al menos que a mi me lo parecen: el cristianismo primitivo y la supuesta relación de Jesús con María Magdalena, en el Código Da Vinci por poner un ejemplo. O "la filosofía transhumanista, la bomba matlthusiana de la sobrepoblación y la amenaza real y presente de un masivo ataque terrorista con un virus biológico hecho en un laboratorio", en esta nueva novela.
En resumidas cuentas, me dieron ganas de leerla y lo hice. Y confieso que me devoré sus 554 páginas en un par de días, con verdadero apasionamiento. Sí, es verdad, la novela no tiene valor como obra de arte. Tiene todos los ingredientes del best-seller típico: el profesor Robert Langdon, protagonista de El Código Da Vinci, que reaparece aquí; una médica joven, atractiva e intelectualmente superdotada; una conspiración en la que intervienen organizaciones secretas -y otras no tanto- y en la que está en juego la supervivencia misma de la humanidad; y escenarios sumamente prestigiosos (la novela transcurre en los sitios más famosos de Florencia, Venecia y Estambul) que hacen pensar inevitablemente en la película que probablemente se va a hacer en base al libro. Pero también es verdad que no cualquiera maneja el suspenso como lo hace Dan Brown, ni discute tantas ideas interesantes. "Lo que logra Dan Brown en Inferno es presentar convincentemente el argumento de que se tiene que reducir drásticamente la población humana sobre la tierra. Por este motivo, Inferno es un libro importante y hay que leerlo" dice Andrés Hax hacia el final de su crítica.
Hay muchos libros que no son buenos desde un punto de vista estrictamente literario, pero presentan ideas que valen la pena. Los de Philip Dick son un ejemplo clásico. La misma revista Ñ recuerda otro caso: la novela Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, acerca de la cual el propio autor escribió en el prefacio que "de acuerdo con las normas de la novela tradicional es un libro notablemente malo". Y sin embargo esa novela fue prologada nada menos que por Borges, porque le interesaron sus ideas. Si Borges no tuvo pruritos en prologar una novela que literariamente no es buena, entonces yo me siento mucho menos culpable por haber leído y disfrutado tanto de Inferno.
En resumidas cuentas, me dieron ganas de leerla y lo hice. Y confieso que me devoré sus 554 páginas en un par de días, con verdadero apasionamiento. Sí, es verdad, la novela no tiene valor como obra de arte. Tiene todos los ingredientes del best-seller típico: el profesor Robert Langdon, protagonista de El Código Da Vinci, que reaparece aquí; una médica joven, atractiva e intelectualmente superdotada; una conspiración en la que intervienen organizaciones secretas -y otras no tanto- y en la que está en juego la supervivencia misma de la humanidad; y escenarios sumamente prestigiosos (la novela transcurre en los sitios más famosos de Florencia, Venecia y Estambul) que hacen pensar inevitablemente en la película que probablemente se va a hacer en base al libro. Pero también es verdad que no cualquiera maneja el suspenso como lo hace Dan Brown, ni discute tantas ideas interesantes. "Lo que logra Dan Brown en Inferno es presentar convincentemente el argumento de que se tiene que reducir drásticamente la población humana sobre la tierra. Por este motivo, Inferno es un libro importante y hay que leerlo" dice Andrés Hax hacia el final de su crítica.
Hay muchos libros que no son buenos desde un punto de vista estrictamente literario, pero presentan ideas que valen la pena. Los de Philip Dick son un ejemplo clásico. La misma revista Ñ recuerda otro caso: la novela Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, acerca de la cual el propio autor escribió en el prefacio que "de acuerdo con las normas de la novela tradicional es un libro notablemente malo". Y sin embargo esa novela fue prologada nada menos que por Borges, porque le interesaron sus ideas. Si Borges no tuvo pruritos en prologar una novela que literariamente no es buena, entonces yo me siento mucho menos culpable por haber leído y disfrutado tanto de Inferno.
martes, 9 de julio de 2013
The Palermo manifesto por Esteban Schmidt
Arturo Jauretche en El medio pelo en la sociedad argentina, libro que a pesar de mi antiperonismo me sigue pareciendo admirable, intentó mostrar los sucesivos fracasos de la burguesía nacional a lo largo de nuestra historia. Tal vez The Palermo manifesto de Esteban Schmidt complete ese estudio mostrando el fracaso de esa clase media que en los 80s creyó en Alfonsín y en su consigna de la democracia con la que se iba a comer, a educar y a curar. Clase media a la que pertenezco y cuyas ilusiones compartí.
Pero no vaya a pensarse que se trata de un libro triste o amargo. Agridulce tal vez. Pero hilarante. Durante su lectura hubo muchos momentos en los que reí a morir. Y muchos otros en los que no pude resistirme a leerle en voz alta a mi esposa párrafos enteros. Está brillantemente escrito. Le dije al autor que consideraba a The Palermo manifesto como el mejor ensayo de interpretación nacional escrito en este siglo. En una de esas exageré (no he leído tantos después de todo), pero sí estoy seguro de que se trata de un libro indispensable para entender una buena parte de lo que nos viene pasando en los últimos 30 años.
Artemio López se refiere a The Palermo manifesto en los siguientes términos: "este primer libro de Esteban Schmidt es, entre otras cosas, el mejor intento de un verdadero joven ochentista de romper el silencio acerca de su propia práctica (práctica política, digamos) e intentar saldar el insoportable vacío -y sus efectos desoladores- que supone la ausencia de relato de aquellos que siendo realmente adolescentes y jóvenes creyeron en Raúl Alfonsín, su preámbulo, el saludito click!, David Ratto, el R.A. y, finalmente, dieron crédito a la repartija de salud, justicia y equidad en clave ya no populista sino, más o menos republicana". Y si, es eso. Está muy bien el comentario.
Es decir, eso es lo que constituye, por así decirlo, el fondo, el meollo del libro. En la superficie hay dos ejes temáticos fundamentales: el primero, el barrio de Palermo y algunas de sus instituciones características (bares, librerías, festivales) como espacio paradigmático donde aquellos desilusionados buscan refugio. Las cuarenta manzanas "donde se puede transitar y vivir sin deprimirse".
El segundo es la patria asesora, que toma cuerpo fundamentalmente en la figura de Luciano Di Nápoli, asesor de De La Rúa en su campaña presidencial, y de Filmus en su fallido intento por lograr en 2007 la jefatura de gobierno de la Ciudad. Y también de FLACSO (escrito "Flaxo" en el libro), la usina generadora de buena parte de los intelectuales que se han ganado la vida como asesores de los diferentes gobiernos. No me resisto a citar algunos párrafos sobre el tema, como para dar una muestra del tono general del libro: "Pero si hace veinte años que Flaxo pone funcionarios nacionales y municipales de educación y los alumnos son cada vez más flojos ... Y si, conscientes de eso, los licenciados mandan a sus propios hijos a escuelas privadas, la conclusión es que fallan en la gestión y diagnostican en su absoluto beneficio. Ganan la plata para los clubes Med de verano y se percatan de dónde no tienen que educar a sus críos para que prosperen en la vida y les paguen la parcela en el Parque Memorial en el futuro. Apuestan con información clasificada, compañeras y compañeros. Fea actitud.
Podrían retirarse unos años y hacer lo que hacemos todos cuando algo nos sale probadamente mal. No hacerla más. Y no es que no queremos que la gente zafe, porque para eso se estudia. Tampoco es que Flaxo es un terciario de la Secta Moon, pero puede ser más dañino que la Secta Moon de la que se habla tan mal, sin saber bien por qué se le cae con tanta mala onda a un chino.
El querido Daniel Filmus, por ejemplo, no es de la Secta Moon, pero fue funcionario de Carlos
Alfredo Grosso y de Carlos Saúl Menem, del intendente destituido Aníbal Ibarra y del matrimonio
formado por Néstor Carlos y Cristina Elisabet Kirchner. Una curva de veinte años asesorando en las alturas, decidiendo sobre escuelas, sobre planes, sobre obras, y los alumnos aprenden cada vez menos y son más justitos. Filmus, meá culpa, loco. Algo hacés mal. No dejás pasar una. Decí: Yo ya jugué, ya erré todos los penales, ahora que pruebe otro."
Y sí, Schmidt se ríe. Se ríe de Di Nápoli, de Filmus, de FLACSO, de los bares y librerías de Palermo, de los radicales, de los peronistas, del Frepaso, de todos nosotros. Y no nos cae mal, porque se ríe con esa risa agridulce con la que la gente que creyó y se desilusionó se ríe sobre todo de sí misma.
En definitiva un gran libro. Un libro que además se lee de un tirón. Divertido, provocador, hilarante y, fundamentalmente, indispensable para entender un poco mejor a este país que nos ha tocado en suerte.
Pero no vaya a pensarse que se trata de un libro triste o amargo. Agridulce tal vez. Pero hilarante. Durante su lectura hubo muchos momentos en los que reí a morir. Y muchos otros en los que no pude resistirme a leerle en voz alta a mi esposa párrafos enteros. Está brillantemente escrito. Le dije al autor que consideraba a The Palermo manifesto como el mejor ensayo de interpretación nacional escrito en este siglo. En una de esas exageré (no he leído tantos después de todo), pero sí estoy seguro de que se trata de un libro indispensable para entender una buena parte de lo que nos viene pasando en los últimos 30 años.
Artemio López se refiere a The Palermo manifesto en los siguientes términos: "este primer libro de Esteban Schmidt es, entre otras cosas, el mejor intento de un verdadero joven ochentista de romper el silencio acerca de su propia práctica (práctica política, digamos) e intentar saldar el insoportable vacío -y sus efectos desoladores- que supone la ausencia de relato de aquellos que siendo realmente adolescentes y jóvenes creyeron en Raúl Alfonsín, su preámbulo, el saludito click!, David Ratto, el R.A. y, finalmente, dieron crédito a la repartija de salud, justicia y equidad en clave ya no populista sino, más o menos republicana". Y si, es eso. Está muy bien el comentario.
Es decir, eso es lo que constituye, por así decirlo, el fondo, el meollo del libro. En la superficie hay dos ejes temáticos fundamentales: el primero, el barrio de Palermo y algunas de sus instituciones características (bares, librerías, festivales) como espacio paradigmático donde aquellos desilusionados buscan refugio. Las cuarenta manzanas "donde se puede transitar y vivir sin deprimirse".
El segundo es la patria asesora, que toma cuerpo fundamentalmente en la figura de Luciano Di Nápoli, asesor de De La Rúa en su campaña presidencial, y de Filmus en su fallido intento por lograr en 2007 la jefatura de gobierno de la Ciudad. Y también de FLACSO (escrito "Flaxo" en el libro), la usina generadora de buena parte de los intelectuales que se han ganado la vida como asesores de los diferentes gobiernos. No me resisto a citar algunos párrafos sobre el tema, como para dar una muestra del tono general del libro: "Pero si hace veinte años que Flaxo pone funcionarios nacionales y municipales de educación y los alumnos son cada vez más flojos ... Y si, conscientes de eso, los licenciados mandan a sus propios hijos a escuelas privadas, la conclusión es que fallan en la gestión y diagnostican en su absoluto beneficio. Ganan la plata para los clubes Med de verano y se percatan de dónde no tienen que educar a sus críos para que prosperen en la vida y les paguen la parcela en el Parque Memorial en el futuro. Apuestan con información clasificada, compañeras y compañeros. Fea actitud.
Podrían retirarse unos años y hacer lo que hacemos todos cuando algo nos sale probadamente mal. No hacerla más. Y no es que no queremos que la gente zafe, porque para eso se estudia. Tampoco es que Flaxo es un terciario de la Secta Moon, pero puede ser más dañino que la Secta Moon de la que se habla tan mal, sin saber bien por qué se le cae con tanta mala onda a un chino.
El querido Daniel Filmus, por ejemplo, no es de la Secta Moon, pero fue funcionario de Carlos
Alfredo Grosso y de Carlos Saúl Menem, del intendente destituido Aníbal Ibarra y del matrimonio
formado por Néstor Carlos y Cristina Elisabet Kirchner. Una curva de veinte años asesorando en las alturas, decidiendo sobre escuelas, sobre planes, sobre obras, y los alumnos aprenden cada vez menos y son más justitos. Filmus, meá culpa, loco. Algo hacés mal. No dejás pasar una. Decí: Yo ya jugué, ya erré todos los penales, ahora que pruebe otro."
Y sí, Schmidt se ríe. Se ríe de Di Nápoli, de Filmus, de FLACSO, de los bares y librerías de Palermo, de los radicales, de los peronistas, del Frepaso, de todos nosotros. Y no nos cae mal, porque se ríe con esa risa agridulce con la que la gente que creyó y se desilusionó se ríe sobre todo de sí misma.
En definitiva un gran libro. Un libro que además se lee de un tirón. Divertido, provocador, hilarante y, fundamentalmente, indispensable para entender un poco mejor a este país que nos ha tocado en suerte.
domingo, 7 de julio de 2013
Russell, Kripke y los nombres propios
Los filósofos se ocupan a veces de problemas que a los no iniciados les causan cierta perplejidad. Uno de ellos se refiere a la pregunta siguiente: ¿qué es un nombre propio? Veremos que, a pesar de su aspecto inofensivo, el problemita se las trae.
Bertrand Russell, en un artículo aparecido en la revista Mind en 1905, considerado hoy un clásico -On denoting- desarrolló la teoría según la cual los nombres propios serían descripciones abreviadas. Cuando uno dice, por ejemplo, "Messi", estaría diciendo en forma abreviada: "Jugador argentino, nacido en Rosario el 24 de junio de 1987, que juega como delantero en el FC Barcelona de la Primera División de España y en la Selección de fútbol de Argentina, de la cual es también capitán", o algo por el estilo. La teoría fue aceptada durante años por la mayor parte de la comunidad filosófica. Pero a fines del siglo XX, otro filósofo llamado Saul Kripke negó que los nombres propios se usen de ese modo y creó una teoría rival.
Según Kripke un nombre propio se refiere a un objeto determinado en todos los mundos posibles en que dicho objeto exista. En terminología técnica esto se expresa diciendo que un nombre propio es un designador rígido. El concepto de mundos posibles es tal vez un poco obscuro, pero lo que Kripke quiere decir creo que es esto: Messi podría haber sido jugador de otro equipo -el Valencia, digamos- y tal vez no haber jugado nunca en la Selección Argentina. Y aun así, si ese mundo se hubiese dado en la realidad, seguiría siendo Messi. Es más: en otro mundo posible Messi ni siquiera sería jugador de fútbol, pero siempre seguiría siendo Messi.
A mi me parece que el que se equivoca acerca de los nombres propios es Kripke. Está claro que su postura conlleva un esencialismo: existiría un Messi esencial que subsiste, de algún modo, por detrás de las circunstancias que la vida le vaya deparando. Que juegue en el Barcelona, en el Valencia, en el Atlético de Rafaela o que no juegue en ningún lado serían meros accidentes que no alterarían lo substancial de ese Messi profundo, siempre idéntico a sí mismo.
Pero, ¿como conoceríamos al Messi esencial? Yo, al menos, no tengo ni idea. Ni siquiera tengo idea de cómo se sabe de su existencia. Es más: no estoy para nada seguro de su existencia y, digámoslo de una buena vez, creo de hecho que no existe en absoluto. No creo que una persona sea otra cosa que la suma de sus elecciones, sus circunstancias, sus acciones y pasiones. Su historia, en definitiva. En esto al menos me parece que los existencialistas tuvieron razón: el hombre va construyéndose a sí mismo a lo largo de su vida.
Entonces Dr Kripke, Ud disculpará que un simple lego le diga esto pero, si se hubiese dado otro mundo en el cual Messi tuviese otra historia, simplemente no sería el mismo Messi (aunque lo llamasen igual); sería otro. Y el nombre Messi denotaría otra cosa, tendría otro significado.
Hasta donde mi entendimiento alcanza los nombres propios son, efectivamente, descripciones abreviadas como lo dijo Russell. Bertrand Russell tuvo razón. No me asombra, es algo que solía pasarle todo el tiempo.
Bertrand Russell, en un artículo aparecido en la revista Mind en 1905, considerado hoy un clásico -On denoting- desarrolló la teoría según la cual los nombres propios serían descripciones abreviadas. Cuando uno dice, por ejemplo, "Messi", estaría diciendo en forma abreviada: "Jugador argentino, nacido en Rosario el 24 de junio de 1987, que juega como delantero en el FC Barcelona de la Primera División de España y en la Selección de fútbol de Argentina, de la cual es también capitán", o algo por el estilo. La teoría fue aceptada durante años por la mayor parte de la comunidad filosófica. Pero a fines del siglo XX, otro filósofo llamado Saul Kripke negó que los nombres propios se usen de ese modo y creó una teoría rival.
Según Kripke un nombre propio se refiere a un objeto determinado en todos los mundos posibles en que dicho objeto exista. En terminología técnica esto se expresa diciendo que un nombre propio es un designador rígido. El concepto de mundos posibles es tal vez un poco obscuro, pero lo que Kripke quiere decir creo que es esto: Messi podría haber sido jugador de otro equipo -el Valencia, digamos- y tal vez no haber jugado nunca en la Selección Argentina. Y aun así, si ese mundo se hubiese dado en la realidad, seguiría siendo Messi. Es más: en otro mundo posible Messi ni siquiera sería jugador de fútbol, pero siempre seguiría siendo Messi.
A mi me parece que el que se equivoca acerca de los nombres propios es Kripke. Está claro que su postura conlleva un esencialismo: existiría un Messi esencial que subsiste, de algún modo, por detrás de las circunstancias que la vida le vaya deparando. Que juegue en el Barcelona, en el Valencia, en el Atlético de Rafaela o que no juegue en ningún lado serían meros accidentes que no alterarían lo substancial de ese Messi profundo, siempre idéntico a sí mismo.
Pero, ¿como conoceríamos al Messi esencial? Yo, al menos, no tengo ni idea. Ni siquiera tengo idea de cómo se sabe de su existencia. Es más: no estoy para nada seguro de su existencia y, digámoslo de una buena vez, creo de hecho que no existe en absoluto. No creo que una persona sea otra cosa que la suma de sus elecciones, sus circunstancias, sus acciones y pasiones. Su historia, en definitiva. En esto al menos me parece que los existencialistas tuvieron razón: el hombre va construyéndose a sí mismo a lo largo de su vida.
Entonces Dr Kripke, Ud disculpará que un simple lego le diga esto pero, si se hubiese dado otro mundo en el cual Messi tuviese otra historia, simplemente no sería el mismo Messi (aunque lo llamasen igual); sería otro. Y el nombre Messi denotaría otra cosa, tendría otro significado.
Hasta donde mi entendimiento alcanza los nombres propios son, efectivamente, descripciones abreviadas como lo dijo Russell. Bertrand Russell tuvo razón. No me asombra, es algo que solía pasarle todo el tiempo.
miércoles, 3 de julio de 2013
Los tres mundos de Karl Popper
En una conferencia titulada Epistemología sin Sujeto, que presentó ante el Tercer Congreso Internacional de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia (Amsterdam,1967), Karl Popper causó un gran revuelo con su ontología de los "tres mundos". Esta ontología afirma que el universo consta de tres clases de objetos que forman tres "mundos" autónomos: el Mundo 1, que es de los objetos físicos; el Mundo 2, que es el de las mentes; y el Mundo 3, que está formado por los contenidos de pensamiento, tales como las proposiciones, las teorías, los objetos matemáticos, etc. Popper retomó estas ideas posteriormente en varias obras. Una de las más conocidas fue El cerebro y la mente, escrito en colaboración con el Premio Nobel de Medicina John Eccles, en el que deja clarísima su postura dualista. Desde mi posición de mero amateur me atreveré a disentir con el gran pensador.
En un artículo llamado El lenguaje y el problema del cuerpo y la mente (aparecido en Conjeturas y Refutaciones) Popper explica por qué cree que una teoría fisicalista, causal, del lenguaje humano es imposible. El artículo es bastante técnico pero (si yo no lo entiendo mal) su argumento principal es que, además de las conductas observables, existen en los seres dotados de lenguaje creencias, intenciones, comprensión. Y esto para Popper -y en este punto estoy de acuerdo con él- es incompatible con una teoría fisicalista de la mente.
Hay un argumento famoso que discurre por un camino paralelo. Es el "argumento de la habitación china" de John Searle. Dice así: "Imaginemos que dentro de una habitación se encuentra una persona que no tiene ni la más mínima idea del idioma chino. Se encuentra completamente aislada del exterior, salvo por una ranura por la que entran y salen hojas de papel con textos escritos en chino. Esta persona tiene a su disposición, dentro de la sala, una serie de manuales y diccionarios que le indican las reglas que relacionan los caracteres chinos de entrada con los que debe escribir para enviar a la salida. Se trata básicamente de un conjunto de reglas del tipo 'si entran tales caracteres, escribe tales otros'. La habitación china tiene la capacidad de hacerle creer a una persona que interactúa con ella que entiende el idioma chino, a pesar de que quien está en su interior no lo entiende realmente para nada".
El de la habitación china es un experimento mental muy habilidoso; todos entendemos que comprender el idioma chino es otra cosa, que la persona que está dentro de la habitación no lo está comprendiendo en lo más mínimo. Popper, en el artículo mencionado, concluye que esto hace que el problema del cuerpo y la mente resurja en su forma clásica, cartesiana (recordemos que Descartes razonó que existen dos substancias: la materia, o res extensa, y la mente, o res cogitans; la cosa extensa y la cosa pensante).
Es en este punto donde me aparto de Popper. Creo que él tiene razón en sostener que, si las creencias, las intenciones, la comprensión, existen realmente, la mente no puede ser explicada por la física. Pero creo que no la tiene cuando supone que esto lo debe llevar necesariamente al dualismo cartesiano, a sostener que existen dos tipos diferentes de seres (o substancias, como se llaman en filosofía), que serían la materia y la mente. Creo que para los propósitos de Popper bastaría con que exista una única substancia que tuviese a la vez atributos físicos y mentales.
Es decir, creo (y digo esto no sin temor) que los argumentos de Popper no son suficientes para sostener la existencia independiente del Mundo 2. ¿Qué decir entonces del Mundo 3? Es verdad que objetos como el Teorema de Pitágoras parecen existir independientemente de que alguien los piense. Pero, ¿es realmente así? En realidad podría pensarse más bien que somos nosotros quienes hemos creado los axiomas y las reglas de inferencia a partir de los cuales se deduce ese, y otros teoremas. ¿En base a criterios trascendentes de verdad (que sería una forma de volver al Mundo 3)? Tal vez no. Tal vez lo hacemos simplemente en base a conjeturas que funcionan... hasta que alguien las refuta, como el mismo Popper señaló. Alguna vez se pensó que la geometría de Euclides era la geometría sin más, porque funcionaba muy bien en la vida cotidiana y en la física de Newton, hasta que otros matemáticos crearon geometrías diferentes que después resultaron ser más útiles para teorías físicas más complejas.
Somos nosotros quienes creamos proposiciones, teoremas, teorías, etc, que pueden ser pensadas también por otros. Así ellas adquieren cierta autonomía. Pero existen realmente sólo a nivel conceptual, como objetos pensados. No son independientes de nosotros. Si el género humano desapareciese, los Mundos 2 y 3 de Popper desaparecerían con él, irreversiblemente.
En un artículo llamado El lenguaje y el problema del cuerpo y la mente (aparecido en Conjeturas y Refutaciones) Popper explica por qué cree que una teoría fisicalista, causal, del lenguaje humano es imposible. El artículo es bastante técnico pero (si yo no lo entiendo mal) su argumento principal es que, además de las conductas observables, existen en los seres dotados de lenguaje creencias, intenciones, comprensión. Y esto para Popper -y en este punto estoy de acuerdo con él- es incompatible con una teoría fisicalista de la mente.
Hay un argumento famoso que discurre por un camino paralelo. Es el "argumento de la habitación china" de John Searle. Dice así: "Imaginemos que dentro de una habitación se encuentra una persona que no tiene ni la más mínima idea del idioma chino. Se encuentra completamente aislada del exterior, salvo por una ranura por la que entran y salen hojas de papel con textos escritos en chino. Esta persona tiene a su disposición, dentro de la sala, una serie de manuales y diccionarios que le indican las reglas que relacionan los caracteres chinos de entrada con los que debe escribir para enviar a la salida. Se trata básicamente de un conjunto de reglas del tipo 'si entran tales caracteres, escribe tales otros'. La habitación china tiene la capacidad de hacerle creer a una persona que interactúa con ella que entiende el idioma chino, a pesar de que quien está en su interior no lo entiende realmente para nada".
El de la habitación china es un experimento mental muy habilidoso; todos entendemos que comprender el idioma chino es otra cosa, que la persona que está dentro de la habitación no lo está comprendiendo en lo más mínimo. Popper, en el artículo mencionado, concluye que esto hace que el problema del cuerpo y la mente resurja en su forma clásica, cartesiana (recordemos que Descartes razonó que existen dos substancias: la materia, o res extensa, y la mente, o res cogitans; la cosa extensa y la cosa pensante).
Es en este punto donde me aparto de Popper. Creo que él tiene razón en sostener que, si las creencias, las intenciones, la comprensión, existen realmente, la mente no puede ser explicada por la física. Pero creo que no la tiene cuando supone que esto lo debe llevar necesariamente al dualismo cartesiano, a sostener que existen dos tipos diferentes de seres (o substancias, como se llaman en filosofía), que serían la materia y la mente. Creo que para los propósitos de Popper bastaría con que exista una única substancia que tuviese a la vez atributos físicos y mentales.
Es decir, creo (y digo esto no sin temor) que los argumentos de Popper no son suficientes para sostener la existencia independiente del Mundo 2. ¿Qué decir entonces del Mundo 3? Es verdad que objetos como el Teorema de Pitágoras parecen existir independientemente de que alguien los piense. Pero, ¿es realmente así? En realidad podría pensarse más bien que somos nosotros quienes hemos creado los axiomas y las reglas de inferencia a partir de los cuales se deduce ese, y otros teoremas. ¿En base a criterios trascendentes de verdad (que sería una forma de volver al Mundo 3)? Tal vez no. Tal vez lo hacemos simplemente en base a conjeturas que funcionan... hasta que alguien las refuta, como el mismo Popper señaló. Alguna vez se pensó que la geometría de Euclides era la geometría sin más, porque funcionaba muy bien en la vida cotidiana y en la física de Newton, hasta que otros matemáticos crearon geometrías diferentes que después resultaron ser más útiles para teorías físicas más complejas.
Somos nosotros quienes creamos proposiciones, teoremas, teorías, etc, que pueden ser pensadas también por otros. Así ellas adquieren cierta autonomía. Pero existen realmente sólo a nivel conceptual, como objetos pensados. No son independientes de nosotros. Si el género humano desapareciese, los Mundos 2 y 3 de Popper desaparecerían con él, irreversiblemente.
Lecturas y relecturas
Nabokov, en sus lecciones sobre literatura europea, recomienda fervorosamente la relectura: "Aunque parezca extraño", dice, "los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y les diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro". O sea, la apreciación de la obra literaria en su conjunto requiere, según Nabokov, varias relecturas.
Mi experiencia personal confirma totalmente la tesis de Nabokov: las obras que puedo decir que conozco a fondo, las que he logrado realmente percibir en su totalidad, son aquellas que he releído en muchas ocasiones. Las que leo por única vez las entiendo, las disfruto, a veces hasta las analizo un poco... y termino olvidándolas al poco tiempo. A veces completamente.
Cuando era joven yo releía mucho, lo cual por supuesto hacía que leyese menos obras. Pero eso no me importaba y me entregaba sin culpas al placer de volver una y otra vez a Borges, a Bioy Casares, a Shaw, a Chesterton, a Kafka. Tal vez se trataba de una manifestación más de la supuesta inmortalidad de la juventud. No lo sé, pero lo cierto es que en algún momento, imperceptible e irreversiblemente, empecé a releer menos y a leer más cosas nuevas, hasta dejar de releer prácticamente del todo. Tal vez sea una obscura consciencia inconsciente de que el tiempo se me agota. O tal vez sea que el tiempo que no ceja y todas las cosas mancilla me haya convertido en un peor lector.
Mi experiencia personal confirma totalmente la tesis de Nabokov: las obras que puedo decir que conozco a fondo, las que he logrado realmente percibir en su totalidad, son aquellas que he releído en muchas ocasiones. Las que leo por única vez las entiendo, las disfruto, a veces hasta las analizo un poco... y termino olvidándolas al poco tiempo. A veces completamente.
Cuando era joven yo releía mucho, lo cual por supuesto hacía que leyese menos obras. Pero eso no me importaba y me entregaba sin culpas al placer de volver una y otra vez a Borges, a Bioy Casares, a Shaw, a Chesterton, a Kafka. Tal vez se trataba de una manifestación más de la supuesta inmortalidad de la juventud. No lo sé, pero lo cierto es que en algún momento, imperceptible e irreversiblemente, empecé a releer menos y a leer más cosas nuevas, hasta dejar de releer prácticamente del todo. Tal vez sea una obscura consciencia inconsciente de que el tiempo se me agota. O tal vez sea que el tiempo que no ceja y todas las cosas mancilla me haya convertido en un peor lector.
lunes, 1 de julio de 2013
Críticos y lectores
Ahora que todos los críticos iniciados han decidido que ya no se pueden contar más historias y que, a lo sumo hay que limitarse a escribir sobre esa imposibilidad, no está de más recordar con Borges que ya "Stevenson, hacia I882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado". Borges por supuesto disiente y destaca "el intrinseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, 'psicológica', propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nada es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad... Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden".
La gente que de verdad disfruta de leer suele ignorar esas paparruchadas. A Borges le gustaban las novelas policiales (por los mismos motivos que alega en el texto anterior) en una época en la que esas novelas eran consideradas con universal desprecio. Incluso dirigió, junto a Bioy Casares, una de las mejores colecciones de novelas policiales que han existido en la Argentina; me refiero a El séptimo círculo. Otro amante de la literatura policial fue Chesterton, que la defendió en un ensayo llamado "Defensa de las novelas de a penique", pero que además esparció por toda su obra rastros de esa preferencia, como en aquel cuento del Padre Brown en el que un científico deja de ir al estreno de la obra supuestamente "elevada" en la que actúa su esposa porque no puede resistir la tentación de quedarse tirado en su sillón favorito leyendo una novelita llamada El dedo sangriento.
Los "iniciados" de todos modos no cejan, y ahora hay quien opina que "se publican pelotudeces (sic) como Crímenes imperceptibles", o que habla de "pavadas como Las viudas de los jueves". Que se yo... En realidad son bastante inofensivos; nadie los lee. Ojo: tampoco estoy diciendo que esas novelitas puedan compararse, digamos, al Quijote, a Shakespeare, o a Kafka. Pero en muchísimos casos se trata de novelas bien escritas y tramadas, que pueden leerse con verdadero deleite. Mucho mayor, desde luego, que el que brindan esos engendros escritos según la doctrina al uso (¿será la literatura posmoderna ahora?) y que se escribe solo para "consumo interno": solo los leen los miembros del ínfimo grupo que también los produce. Son felices; dejémoslos en su torrecita de marfil mientras nosotros nos divertimos leyendo lo que se nos cante.
La gente que de verdad disfruta de leer suele ignorar esas paparruchadas. A Borges le gustaban las novelas policiales (por los mismos motivos que alega en el texto anterior) en una época en la que esas novelas eran consideradas con universal desprecio. Incluso dirigió, junto a Bioy Casares, una de las mejores colecciones de novelas policiales que han existido en la Argentina; me refiero a El séptimo círculo. Otro amante de la literatura policial fue Chesterton, que la defendió en un ensayo llamado "Defensa de las novelas de a penique", pero que además esparció por toda su obra rastros de esa preferencia, como en aquel cuento del Padre Brown en el que un científico deja de ir al estreno de la obra supuestamente "elevada" en la que actúa su esposa porque no puede resistir la tentación de quedarse tirado en su sillón favorito leyendo una novelita llamada El dedo sangriento.
Los "iniciados" de todos modos no cejan, y ahora hay quien opina que "se publican pelotudeces (sic) como Crímenes imperceptibles", o que habla de "pavadas como Las viudas de los jueves". Que se yo... En realidad son bastante inofensivos; nadie los lee. Ojo: tampoco estoy diciendo que esas novelitas puedan compararse, digamos, al Quijote, a Shakespeare, o a Kafka. Pero en muchísimos casos se trata de novelas bien escritas y tramadas, que pueden leerse con verdadero deleite. Mucho mayor, desde luego, que el que brindan esos engendros escritos según la doctrina al uso (¿será la literatura posmoderna ahora?) y que se escribe solo para "consumo interno": solo los leen los miembros del ínfimo grupo que también los produce. Son felices; dejémoslos en su torrecita de marfil mientras nosotros nos divertimos leyendo lo que se nos cante.
domingo, 30 de junio de 2013
Lectores y críticos
En su Curso de Literatura Europea, Nabokov dice que un buen lector debe emplear "la imaginación impersonal y la fruición artística". Y da el sigiuente consejo a los lectores: "Debemos mantenernos un poco distantes y gozar de este distanciamiento a la vez que gozamos intensamente —apasionadamente, con lágrimas y estremecimientos— de la textura interna de una determinada obra maestra".
Indudablemente así es como debe leer un crítico, un experto. Pero, ¿se escriben las obras para los expertos? Yo por mi parte, sin dejar de conmoverme por la textura de una obra y los artificios de su autor, no renuncio a conmoverme también con los personajes y con las situaciones que éstos viven. Yo amo profundamente al Padre Brown, a Adán Buenosayres y a Samuel Tesler, a Etchenique (o Etchenáik), a Carlos Tomatis entre otros muchos. Son mis amigos, y parte del placer de leer y releer las obras que los tienen por personajes reside en volver a encontrarme con ellos.
Si hay una novela que parece escrita sólo para expertos es el Ulises de Joyce. Y bien, un personaje al que amo muy especialmente es Stephen Dedalus, que aparece en el Ulises y también en el Retrato del artista adolescente. Y amo la Dublin del Ulises, y me conmueven enormemente muchas de las escenas de esa novela grandiosa.
Puede ser que yo sea un ingenuo. Pero si leer no fuese eso, entonces creo que no valdría la pena. Al menos para mi.
Indudablemente así es como debe leer un crítico, un experto. Pero, ¿se escriben las obras para los expertos? Yo por mi parte, sin dejar de conmoverme por la textura de una obra y los artificios de su autor, no renuncio a conmoverme también con los personajes y con las situaciones que éstos viven. Yo amo profundamente al Padre Brown, a Adán Buenosayres y a Samuel Tesler, a Etchenique (o Etchenáik), a Carlos Tomatis entre otros muchos. Son mis amigos, y parte del placer de leer y releer las obras que los tienen por personajes reside en volver a encontrarme con ellos.
Si hay una novela que parece escrita sólo para expertos es el Ulises de Joyce. Y bien, un personaje al que amo muy especialmente es Stephen Dedalus, que aparece en el Ulises y también en el Retrato del artista adolescente. Y amo la Dublin del Ulises, y me conmueven enormemente muchas de las escenas de esa novela grandiosa.
Puede ser que yo sea un ingenuo. Pero si leer no fuese eso, entonces creo que no valdría la pena. Al menos para mi.
sábado, 29 de junio de 2013
ARTE MENOR de Betina González (y uno de sus críticos)
Leí ayer, casi de un tirón esta novela con la que su autora ganó el premio Clarín de novela en 2007. Me encantó. La novela está concebida como un thriller: la protagonista busca rastros de su padre en las amantes de éste. El padre la había abandonado cuando ella era pequeña, junto a su madre y a su hermana, y ahora ha muerto en un accidente. En definitiva, la novela trata de cómo la protagonista va conociendo más y más a una persona que se supone que debería haberle sido tan cercana, pero que en realidad le es tan desconocida. La autora gradúa bien el suspenso y uno termina devorándose el libro (que por otra parte es bastante breve) para terminar de saber quien fue Fabio Gemelli en realidad. Betina Gozález escribe muy bien, con una escritura densa, llena de ideas y alusiones, que denota a las claras su scholarship.
A mi me gusta, después de leer una novela, ver algunas críticas sobre ella. Fue así que di con la crítica que le hizo Quintín, el prestigioso crítico cinematográfico, en su blog La Lectora Provisoria (http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2007/01/15/la-mujer-de-la-solapa/). Quintín la destroza a la novela. Confieso que en el pasado esto me habría hecho sentir mal. Un ramalazo de ese sentimiento me vino ayer, pero ya no alcanzó a conmover mi convicción: soy probablemente tan buen lector como Quintín y algo de literatura sé. ¿Entonces?Yo tengo la fuerte sensación de que Quintín, más que poner la novela en el centro, se pone a él mismo; lo que quiere es demostrar todo lo pistola que es. ¿Que es lo que le critica en definitiva a la novela? En primer lugar que "El procedimiento de componer un personaje o un suceso mediante distintas miradas no es novedoso y recorre la narrativa contemporánea, desde El ciudadano de Welles hasta Rosaura a las diez de Marco Denevi, para tomar dos ejemplos dispares. Lo diferente aquí, en todo caso, es que las miradas, más que complementarse, se contradicen: el resultado se parece un poco a Frankenstein". OK, puede ser. ¿Y? Creo que esas contradicciones no son producto de la impericia de Betina González sino, por el contrario, un efecto buscado por la autora. Y por otra parte, siendo Quintín tan piola, ¿no pensó en primerísimo lugar en El acercamiento a Almotásim, de Jorge Luis Borges? El argumento central de esta obra imaginada por Borges es "la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras". Exactamente lo mismo que se propuso Betina González, sólo que los reflejos que Fabio Gemelli ha dejado no son siempre delicados y a veces son contradictorios, como pasa con la mayor parte de la gente.
En segundo lugar, Quintín le reprocha a la autora ser "alguien que, tras obtener una formación universitaria, se inicia en la ficción tomando todos los recaudos que se aprenden en un taller de escritura, pero tiene un terror enorme por los resultados y por el destino de su carrera". O sea, la chica escribe bien (ya nos habíamos dado cuenta) y tiene dudas respecto del valor de esta primera novela. ¿Y?
Finalmente -y creo que esto es lo decisivo- Quintín deja flotando (sin decirlo, pero haciéndolo lo suficientemente explícito como para que los comentadores de su blog sí lo hagan) la idea de que una novela premiada con el premio Clarín ha de ser necesariamente mala. Es una tesis apenas sugerida; los argumentos que presuntamente la apoyan brillan por su ausencia. Apenas si alguno de los comentadores, aspirantes a piolas también, propone un método inductivo que, de más está decir, carece completamente de validez.
Un jurado compuesto por José Saramago -Premio Nobel de Literatura-, Eduardo Belgrano Rawson y Rosa Montero decidió premiar Arte Menor. Saramago saludó a la novela como "arte mayor". Que querés que te diga Quintín... Entre la opinión de ellos y la tuya no tengo demasiadas dudas de cual elegir. Seguí participando...
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