miércoles, 3 de julio de 2013

Lecturas y relecturas

Nabokov, en sus lecciones sobre literatura europea, recomienda fervorosamente la relectura: "Aunque parezca extraño", dice, "los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y les diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro".  O sea, la apreciación de la obra literaria en su conjunto requiere, según Nabokov, varias relecturas.

Mi experiencia personal confirma totalmente la tesis de Nabokov: las obras que puedo decir que conozco a fondo, las que he logrado realmente percibir en su totalidad, son aquellas que he releído en muchas ocasiones.  Las que leo por única vez las entiendo, las disfruto, a veces hasta las analizo un poco... y termino olvidándolas al poco tiempo.  A veces completamente.

Cuando era joven yo releía mucho, lo cual por supuesto hacía que leyese menos obras.  Pero eso no me importaba y me entregaba sin culpas al placer de volver una y otra vez a Borges, a Bioy Casares, a Shaw, a Chesterton, a Kafka.  Tal vez se trataba de una manifestación más de la supuesta inmortalidad de la juventud.  No lo sé, pero lo cierto es que en algún momento, imperceptible e irreversiblemente, empecé a releer menos y a leer más cosas nuevas, hasta dejar de releer prácticamente del todo.  Tal vez sea una obscura consciencia inconsciente de que el tiempo se me agota.  O tal vez sea que el tiempo que no ceja y todas las cosas mancilla me haya convertido en un peor lector.

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